MIENTRAS aquí seguimos enredados en la política vasca, en los aviones chatarra, en los móviles de Renfe, en las medallas milagrosas y en otras bagatelas cacofónicas siempre ejecutadas en tono menor, la vieja Europa de siempre, la misma que tiró de nosotros hacia la libertad y el desarrollo, acaba de pactar la Carta Magna de la Unión, que, si el solsticio de verano no nos trae una sorpresa, será aprobada en la cumbre de Salónica. Contra todo pronóstico y circunstancia -no es fácil trabajar para la paz mientras los halcones juegan a la guerra-, la Convención presidida por Giscard d'Estaing realizó un trabajo casi imposible, que, en sólo 15 meses, reabrió los horizontes de una Europa de 25 países que amenazaba con ahogarse en sus propios procedimientos y burocracias y en las arenas movedizas sobre las que se había levantado el Tratado de Niza. Y, aunque es evidente que el texto sigue lleno de irracionales concesiones a los que sólo ven la Unión como un panal de rica miel, también es verdad que soluciona los temas más vidriosos del momento: la adopción de la doble mayoría (mayoría de Estados que representen al menos el 60 % de la población), la creación de una Comisión limitada a 15 miembros y con carácter rotatorio riguroso, y la iniciación de una política exterior común encomendada al Consejo de Exteriores. La reforma es, además de ineludible, prudente y equilibrada, y sólo puede ser enfocada como un fracaso para España por quienes orientaron su trabajo, como Aznar, hacia la astuta consecución de ventajas coyunturales, en vez de trabajar con realismo y lealtad en la construcción de una Europa posible y progresivamente democratizada. Por eso hay que hacer constar también la enorme sorpresa que produce la posición del PSOE, que, en vez de trabajar su propia alternativa en perfecta coherencia con sus aliados, se dejó arrastrar por ese patriotismo escénico que siempre le lleva a ser derrotado por el PP o a ser derrotado con el PP. Puestos como estamos a reeditar el Imperio, con una dependencia enfermiza de las palmaditas de Blair y los telefonazos de Bush, todo apunta a que también este asunto va a pasar sin pena ni gloria en el Congreso de los Diputados, como si Europa no fuese más que los fondos estructurales y los fátuos chalaneos de poder que malograron la cumbre de Niza. Pero no tardaremos mucho en darnos cuenta de que, en la nueva era que empieza, el Gobierno español sólo supo hacer de Pepito Grillo, y que, a cambio de la terrible foto de Azores y de una noche en el rancho Crawford, hemos quedado en un grave ridículo y sin más amigos que Blair. Por eso tenemos a Europa más lejos, a cambio de tener a Bush más cerca.