Chupinazos

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

02 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

HAGAMOS un sencillo ejercicio. ¿Qué pensaríamos si alguien nos dijese que cada año se cierra en Galicia una ciudad aún mayor que Betanzos? Pues pensaríamos que estamos ante una catástrofe. ¿Y si se nos asegurase que ciudades y villas con más censo del que cuentan, por ejemplo, Oleiros, Sarria, O Barco, Noia o Fene, desaparecen de nuestra geografía cada doce meses? Probablemente, ni lo creeríamos. Pero es lo que ocurre. Que una población un poco inferior a la de Boiro adopta cada año la decisión de buscarse el futuro a cientos de kilómetros de nuestra tierra. En el 2001 más de 16.000 gallegos buscaron una forma de vida más próspera en otras comunidades españolas. Preferentemente en Canarias, Madrid y Cataluña. Y lo hicieron de forma especial jóvenes, entre 16 y 34 años, que entendieron que Galicia no les ofrecía las expectativas de futuro que merecían. El pasado siglo XX quedó en la historia de nuestro país marcada, entre otras páginas, por el éxodo de un millón de gallegos. Marcado por miles de familias que padecieron el desarraigo, el dolor de la ruptura y la lejanía. Bien está no perder las tradiciones. Pero no éstas. Porque al comienzo del XXI, cuando nos cansamos de hablar de globalización, de mejoras sociales y económicas, de confort, de estado de bienestar y de desarrollo, la situación no se presenta muy mejorada. Dieciséis mil gallegos, o lo que es lo mismo, casi otras tantas familias, siguen padeciendo cada año la sangría de la emigración. Y aquí nos preocupamos por organizarles campamentos y actividades para sus hijos y por crearles un canal de televisión. La preocupación debería de estar en facilitarles un futuro digno y próspero. Haciendo un país que les ilusione. Una Galicia con porvenir. Todo lo demás son chupinazos sin pólvora.