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24 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

CUENTAN en Brasil que un español llegó a una isla y preguntó si había gobierno en ella. Le contestaron que sí, y dijo: «Soy contra». Este arquetipo del español es más fuerte fuera que el del torero. Y tienen razón. Después de una campaña en la que afloró el país ideologizado de siempre, en la que los partidos arrojaron a una gente contra otra, es muy fácil que, cualesquiera que sean los resultados de la noche, caigamos en el rencor. El rencor contra los que han ganado o contra los que han perdido, el rencor de la gente a los políticos del otro bando, el rencor de los políticos contra quienes no les han votado. El rencor, finalmente, de quienes han votado una cosa contra quienes prefirieron otra. Nada se aleja más del sentido democrático que esas borracheras de rencor. La democracia exige gobernar para todos y hacer oposición para todos, nunca contra alguien. Si los perdedores se apuntan a una oposición rencorosa o los que ganen aupados sobre los votos de una parte gobiernan contra los demás, ha perdido el país. El olvido de esta realidad tan sencilla aboca a la definición en negativo: a ser un antiotro. Y al voto del miedo. Insistir en lo que une es más inteligente que ahondar en lo que separa.