O NO los hay, o se escapan de la memoria urgida del periodismo. No hay precedentes a la mano de una circunstancia como ésta que acaba da zarpar hacia el puerto electoral del día 25. La sombra de lo que fue la guerra de Irak se alarga sobre las urnas inmediatas, trenzando, en una supuesta unidad de desenlace, la mar tan arbolada de las protestas contra la guerra que llegaba, con la condición concreta y apacible, modesta y limitada, de las elecciones locales y autonómicas. Ésta es la mezcla y la imbricación de dos planos políticos tan opuestos como son el de la política exterior, la diplomacia, y el de la política municipal y autonómica; aquélla, con sus complejidades internacionales, y ésta, con las cuentas de la vieja y la exigencia imponente de la buena administración. Pero así han venido rodadas las cosas: la política es el arte de no sólo hacer posible lo necesario, sino también la necesidad de hacer lo que conviene -según criterio de quien gobierna-, aunque lo hecho comporte descalabros electorales. ¿Qué tendrá que ver Sadam Huseín con los plenos municipales y el asfaltado de las calles? Nada en sí, pero mucho en función de la presente circunstancia histórica en curso, con eso de la globalización. Descartado el precedente de la guerra de Vietnam, nunca se había producido un fenómeno de las características de las pasadas manifestaciones por todo el ancho mundo; en aquel otro entonces, cuando los bombardeos norteamericanos por la vieja Indochina, existía para la protesta, enfrente, una estructura -la soviética- de agitación y propaganda. Ahora no; sólo las inercias de aquello, residenciadas en la izquierda y activadas para la recluta de las gentes de buena voluntad. Se lanzó aquel clamor de la calle sobre las urnas que venían, aunque éstas no fueran, por ejemplo, para un referéndum sobre la OTAN, sino para concejales, alcaldes y representantes para el gobierno autonómico. Son, como se ve, muy particulares y arriesgados los límites de la voluntad general.