NADA ES VERDAD, ni mentira, si bien la posición del observador puede forzar el rigor con el que la realidad es analizada. Así, asistimos desde hace tiempo a presentaciones de una realidad derivada de la catástrofe del Prestige que, sin ser mentira, tampoco nos presentan una verdad rigurosa. Responde ello a una estrategia defensiva de la gestión gubernamental y a un deseo de las autoridades de que la sociedad perciba la situación como ya normalizada. En esa estrategia, los mensajes emitidos se han ido construyendo con una apariencia de mayor consistencia y desde luego sin que supongan un choque frontal con la realidad, como había sucedido con aquella observación, aérea y terrenal del ministro de Defensa, de unas playas esplendorosas. El mensaje cambia, y así una afirmación de la ministra de Medio Ambiente: «El 95% de la superficie del parque Islas Atlánticas está limpio de hidrocarburos», aun siendo cierta, no es rigurosa. Todo depende de la unidad de referencia de esa superficie, puesto que si es la superficie total del parque, es obvio que una gran parte no ha estado afectada nunca por el vertido, Y si la unidad de referencia es la zona costera, la propia ministra reconoce que de la zona costera rocosa del parque se han limpiado unos veinte mil metros cuadrados, quedando por limpiar otros quince mil, con lo que tan sólo se habría limpiado después de cinco meses un sesenta por ciento de dicha superficie. Algo parecido sucede cuando la ministra de Sanidad y varios miembros del Gobierno gallego repiten con insistencia que todos los productos que llegan a los mercados procedentes del mar gallego son aptos para el consumo y ellos, con sus administraciones, garantizan la salubridad. Se entiende que tanta insistencia es necesaria por la desconfianza histórica en el control alimentario generada por la gestión de la colza o de las vacas locas, pero la insistencia no debiera tener como objetivo contraponer salubridad a contaminación, como tampoco debe contraponerse contaminación a mortalidad de los organismos. Cada término tiene un significado preciso, y si bien nadie ha cuestionado nunca la salubridad de los productos gallegos comercializados, es obvio que la catástrofe del Prestige ha producido contaminación. Contaminación que si bien no obligará a la destrucción de las cosechas o a la prohibición de las capturas, no por ello dejará de afectar a un buen número de especies y al equilibrio del ecosistema, con efectos que probablemente se ajusten a un modelo de baja toxicidad aguda -excepto en zonas muy determinadas- pero de toxicidad crónica prolongada, que podrá causar daños fisiológicos de importancia con repercusiones en el crecimiento y en la reproducción en algunos organismos. Que la realidad es compleja es una obviedad, y las pretensiones de simplificarla conducen a una persistencia en el error, si bien de ello quizá se pretendan beneficios.