VAMOS a asistir a un pulso apasionante. A un lado, el Tribunal Supremo; es decir, el Estado de Derecho. Al otro, el nacionalismo vasco. El primero ordena disolver los grupos de Batasuna en las instituciones. El segundo no tiene voluntad de hacerlo, especialmente en el Parlamento de Vitoria. Para incumplir el mandato de la Justicia, alegan la división de poderes y la soberanía de esa Cámara. Pero lo más divertido es que parecen decir: «¿Batasuna? ¿Qué es eso? Aquí no hay ningún grupo que se llame así. Lo único que tenemos es uno llamado Sozialista Abertzaleak , pero de eso no dice nada el auto del Supremo». Y se quedan tan anchos. Quiere decirse que Atutxa, debidamente respaldado por Arzallus e Ibarretxe, hará lo imposible para que Otegi siga dirigiendo su grupo. Entre todos lo han tomado como una cuestión de honor. Y se ponen en esa actitud por tres razones de principio. En lo político, porque creen que es un error ilegalizar Batasuna. En lo parlamentario, porque no aceptan que el Poder Legislativo se someta al Judicial, cualquiera que sea su instancia. Y en lo nacionalista, porque consideran que obedecer ese auto es poco menos que someterse a la «bota de Madrid». Estos días veremos publicadas en la prensa española expresiones como «burla al estado de derecho». Habrá sentimientos heridos. Habrá editoriales que mandarán a Atutxa e Ibarretxe a los infiernos por su actitud de rebeldía. Oiremos a ministros como Michavila asegurar que el Estado tiene medios para imponer la decisión del Alto Tribunal. Y al final, gane quien gane el pulso, ¿qué ocurrirá? Que los diputados de Batasuna, «lleven el sombrero que lleven», como diría Michavila, seguirán en sus escaños, porque nadie se los puede quitar. Se habrá montado un follón enorme. Habremos estado al borde de la desobediencia civil. Se habrá discutido la autoridad del Tribunal Supremo. Y ellos seguirán votando como les dé la gana. Porque les podrán quitar el nombre y la organización. Pero no se ha inventado el sistema de hacerlos invisibles.