DESPUÉS DE casi seis meses de zozobra y dolor, la catástrofe del Prestige nos deja una buena noticia. La ocupación hotelera en Galicia, durante la pasada Semana Santa, se situó en el 80%. Un porcentaje que debe servir para el entusiasmo. Y para celebrarlo. Después de lo que nos ha llovido, bien está que empecemos a recuperar la sonrisa. El Prestige , al fin, nos provoca alborozo. Pero con cautela. No es cuestión de echar las campanas al vuelo y cegarnos. La ocupación hotelera ha sido excelente. Pero nada más. Es un dato positivo dentro de un balance que se presenta estremecedor. No seamos derrotistas, pero sí realistas. Porque los daños, refiriéndonos únicamente a los materiales, que nos deja, no pueden quedar saldados porque unos miles de visitantes haya elegido Galicia como lugar de descanso. Sería un error decidir cerrar uno de los capítulos más penosos de nuestra historia por unas cifras provisionales. El estropicio que el petrolero ha infligido a este país no se liquida en una semana. Por muy santa que sea. El impacto sobre la economía, el medio ambiente y la sociedad siguen siendo evidentes. Y estremecedores. Las playas y costas continúan tiznadas. Algunos fondos marinos presentan una contaminación preocupante. No tenemos la certeza de que determinadas especies pesqueras estén en las condiciones deseables. El chapapote impregna importantes espacios naturales. Y la economía de las zonas afectadas está en situación crítica. Queda casi todo por hacer. En La Voz de Galicia lo seguimos recordando cada semana. Por eso, aún celebrando que el turismo no nos haya abandonado, es cuando menos atrevido, asegurar que el Prestige ha muerto. Porque, si estuviera muerto, como nos dicen, no seguiría vertiendo desde el fondo del mar.