Los señoritos

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

RIGOBERTO PICAPORTE, solterón de mucho porte : en mi niñez yo asociaba lo de ser un señorito a ese personaje del Tío-Vivo . Rigoberto, un chulito algo tontaina, tenía coche y paseaba a la novia más finústica que había visto nunca en mi universo de papel. Luego, ya crecido, conocí a verdaderos señoritos y comprendí lo que en realidad los definía: que creían tener derecho a ser tratados, hicieran lo que hicieran, de un modo diferente a los demás. La frase «son cosas del señorito» expresaba muy bien ese diagnóstico: mientras los demás se emborrachaban, el señorito estaba algo piripi; mientras los demás faltaban al trabajo, el señorito estaba algo indispuesto; mientras los demás daban sablazos, el señorito estaba algo escaso de metálico. Los señoritos son, claro, cosa del pasado. Salvo, ojo al parche, en la política. Sí, en la política hay líderes de tropa, que son la inmensa mayoría, y señoritos, que son la inmensa minoría. Los gallegos, verbi gracia, son todos tropa tropilandia: si la hacen, son despellejados. Que Fraga y Beiras pactan la comisión de investigación sobre el Prestige , pues leña al mono. Que la oposición decide retirarse de la misma, leña también. Que el PP la entierra en el fondo del mar, mata rile rile rile, más leña aun. Con los señoritos las cosas son distintas, como suelen mostrarnos dos de sus más conspicuos especímenes: Pujol y Maragall. Estos finos estilistas acaban de sellar un pacto ignominioso, que, ¡oh, maravilla!, apenas ha merecido comentarios: de común acuerdo, CiU y PSC han dado carpetazo a la comisión creada en el Parlamento catalán para investigar la sistemática manipulación de las encuestas sobre voto por parte del gobierno de la Generalitat. Dicho en román paladino: Pujol y Maragall echan tierra sobre un escándalo de dimensión descomunal, porque cuando se manipulan las encuestas lo que se pretende en realidad es manipular y engañar a los ciudadanos que las pagan. Maragall ha aceptado ese vergonzoso pasteleo no por patriotismo sino por un interés inconfesable: evitar que la investigación pudiera acabar salpicando al PSC y especialmente al alcalde actual de Barcelona... que también ha encargado sus encuestas. Pero, como Pujol y Maragall gozan de bula, aquí no pasa nada. Pujol puede tener colocados en los abrevaderos del poder a sus hijos, a su mujer y a una parentela inacabable sin que tal escándalo produzca algo más que unos leves comentarios. Y Maragall puede decir cada mañana sobre España la primera memez que se le ocurre, con la seguridad de que será escuchado como si hubiera hablado Bertrand Rusell. Son nuestros señoritos. Pues -perdonando-, manda huevos.