GANAR no es nada. Quien alguna vez alcanzó el éxito en cualquier cosa lo sabe. La ambición, el anhelo de algo, la lucha consiguiente hasta llegar. Y luego, nada. Apenas un momento de gozo, y nace ya la intranquilidad de una nueva meta y de una nueva brega. O el miedo a perder lo hallado. Depende, claro, del motivo. Ya hemos visto que ganar una guerra es mucho más fácil, infinitamente más fácil, que ganar una paz. No era paz lo que había, no era paz lo que hay. Como no hay paz en la persecución del éxito egoísta ni en su consecución final. La paz no se gana en manifestaciones -que ayudan-, sino en el trabajo y en la familia, en las relaciones sociales y en el descanso. Tampoco en las guerras, salvo en una: la que cada uno libra consigo, con ese lado oscuro que tiende a considerar a los otros como meros peldaños en la ascensión hacia el éxito. Ganan la paz los mansos, los que saben ceder, quienes no se atrincheran en lo accidental, quienes buscan lo mejor para todos, quienes saben ponerse en el pellejo de los demás. Los que hacen algo aparte de llorar viendo por televisión los desastres, sintiéndose buenos porque lloran, mientras critican al vecino, calumnian más que mean y no se sienten responsables de nada.