ES PROBABLE que en los laboratorios de estrategias electorales estén valorando en estos momentos el final, demasiado rápido para sus intereses, de la guerra de Irak, que resta fuerza al valioso e impactante eslogan de No a la guerra , que si bien nació de la opinión pública, se lo apropiaron los partidos políticos de la oposición para intentar reducir la capacidad del adversario común ante las urnas del 25 de mayo. En esos laboratorios estarán ahora buscando nuevas fórmulas para mantener su beneficioso crédito de abanderados del pacifismo. El contundente No a la guerra pasó a la historia cuando cayó la estatua de Sadam. Mientras estuvo vigente, aquel grito de protesta tuvo la fortuna de acertar con los sentimientos de todos y el eficaz oportunismo político se aprovechó de su impacto social y lo transformó en un pretexto para un contundente acoso parlamentario y electoral, que ha degenerado en una violenta campaña de insultos, amenazas y agresiones contra el Gobierno y el Partido Popular, con los lamentables incidentes conocidos, que recuerdan la terrible presión terrorista en el País Vasco. Para los estrategas electorales de la oposición, la guerra ha terminado por lo menos un mes antes de lo conveniente. Cuando el acoso del ejército norteamericano a Bagdad estaba en su apogeo, en un programa mañanero de televisión, un tertuliano decía en tono dramático: «El día en que caiga Bagdad me llevaré un gran disgusto». Poco después, en otra de esas tertulias, algunos estrategas ya preparaban munición para la próxima guerra contra el régimen sirio. El oráculo de la prensa avisaba y la bien engrasada máquina electoral se ponía de nuevo las pilas. Pasamos de la guerra preventiva a la guerra permanente...Un filón inagotable. Aunque, como se suele decir, nunca segundas partes fueron buenas. La resaca bélico-política tiene focos de resistencia -por decirlo en términos militares- tan pintorescos y surrealistas como la decisión que tomó la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos de expulsar al socio Inocencio Arias, embajador de España en la ONU, «por su entusiasta actividad en el ataque y ocupación militar de Irak» (sic). Otro esperpento es un comunicado publicitario de media página en El País (que cuesta una pasta), en el que, en tono de manifiesto, se conmina a la población a que no compre ni consuma productos norteamericanos («En vez de Coca-Cola, vino español», dice un párrafo...), porque el boicot a los productos made in USA puede hacer caer al presidente Bush. La osadía no tiene límites, pues hasta Izquierda Unida de Zamora -una multitud- se atreve a presentar ante el Supremo una denuncia contra Aznar por supuestos delitos de genocidio. Naturalmente, el alto tribunal la ha tirado, literalmente, a la papelera. Y en el colmo del cinismo, la federación vasca de Izquierda Unida, que lidera el inefable caradura de Madrazo, pide también al Supremo que investigue la colaboración de Aznar en posibles crímenes de guerra... ( ¡manda carallo! ). Este ambiente en negativo, peligrosamente violento una veces y ridículo otras, se mezclan en un amasijo de escombros que sería esperpéntico si no dejara secuelas de rencores entre gentes sencillas que rechazan, por principio, la guerra, pero también el saqueo de su libertad personal. Quedan muchas injusticias para llenar pancartas. Todavía existen cien pueblos que pasan hambre y sufren la esclavitud y el terror de los dictadores. Sadam ha caído; uno menos. Pero ahí está, sin ir mas lejos, Fidel Castro, fusilando a pobres desesperados que buscaban la libertad y condenando a prisión a los que discrepan. Sin embargo, para los estrategas, el No a Castro no suena igual a efectos electorales... Hipocresía política. Aún queda un eslogan por explotar: No a todo , que tendría un efecto revulsivo y produciría una protesta definitiva de una opinión pública intoxicada de demagogia. A partir de ese momento mágico, la gente empezaría a valorar las ofertas de sus candidatos a alcalde... A recuperar la normalidad.