UNA DE LAS PLAZAS de toros más hermosas de España es la de Inca. Graderíos de piedra que recuerdan los de Ronda y arcos superiores semejantes a los de los anfiteatros romanos y del mundo de Chirico. Al final de la tarde en agosto el sol mallorquín había declinado, pero el calor permanecía pegado a las piedras y a la arena. Linda noche en ciernes: tendríamos plenilunio e iba a cantar Luz Casal. Entonces no la conocía. Sólo la había escuchado en Piensa en mí , pero acudí a Inca porque me habían hablado de Luz y me intrigaban dos o tres enigmas que presentía en ella.Tengo comentado varias veces con Juan Carlos Onetti la estúpida vanidad que consiste en creerse, imaginarse el mejor escritor del mundo . ¿Y si un señor de Rumanía, un japonés o un bosnio, pongo por caso, me decía, tiene un manuscrito genial y no ha dispuesto en su vida ni después de su muerte del mecanismo que lo diera a conocer? Con Luz Casal casi ocurrió lo mismo. Era ya una gran cantante para venturosos conocedores y así podía haber seguido. Pero se oyó su voz en Tacones lejanos de Almódovar y eso hizo que la plaza esté rebosante, se vendan camisetas, buñuelos, helados y cacahuetes en una barahúnda sudorosa.No más salir al ruedo empieza el delirio. La escruto desde las últimas gradas, concentrándome en sus gestos, en sus movimientos, sus relaciones con la afición, igual que un entomólogo con un bicho singular. Poco a poco me van ganando ella y el espectáculo. Decir que Luz tiene una voz capaz de llenar de magia oscura y sensaciones secretas el oído y el cuerpo es corto; tan sobria y generosa, arrebatada y púdica, incita a bajar a la arena con los más exaltados para entrar en una ceremonia mística.No logro concebir, debe de ser un complejo, que alguien nacido en un villorrio pueda llegar a ser famoso. Este prurito me condujo, me llevó a visitar Mondoñedo, Aracataca y Maloja, suburbio de La Habana. Comprendí que García Márquez no tuvo más que describir lo que todavía es un lugarejo para darnos el Macondo primitivo y fundacional; que el barroquismo de Carpentier se hallaba a dos pasos de su casa, en las mil columnas de la capital y en los medios puntos de Amelia Peláez; y que la fabulación de Cunqueiro radica en su trato con el Padornelo, monte que domina y protege la ciudad. Ahora estoy convencido de que nada se logra sin raíces, y que para alcanzar lo universal hay que partir de lo local.Un mes después, viajando en vespa por Galicia, vi una indicación para Boimorto. Allí, me dijeron, nació Luz Casal. Me metí por caminos, corredoiras y vericuetos, porque encontrar una aldea en Galicia supone adentrarse en laberintos dignos de la rayuela de Cortázar. Di al fin con una casa labriega, solitaria. Olía a higos y a estiércol. Al lado pacían las vacas. Me imaginé Orros, que así se llama el lugar, envuelto en niebla otoñal con la Santa Compaña por los caminos, los cuentos de trasgos y de brujas recitados al amor de la lumbre, las ofrendas a los dioses paganos y los ritos de cultos astrales que allí, cristianizados, se siguen cumpliendo. Y pensé que, como todo lo indecible, el grano de voz descrito por Roland Barthes que tiene Luz Casal, es un don ajeno a la experiencia y a la memoria; proviene de vivencias antiguas a través de fuerzas que han permanecido ocultas en las márgenes del tiempo y frenan la corriente horizontal tirando inexorables, verticales, hacia el fondo.