TODO INDICA que el mando anglo-norteamericano ha decidido avanzar cueste lo que cueste hacia Bagdad modificando la estrategia del combate. Ya no se trata de una guerra de liberación en la que es preciso evitar las víctimas civiles para no dañar las relaciones con los iraquíes. Las cosas no son tan sencillas. Los mandos desplegados sobre el terreno y los soldados expresan su sorpresa porque los iraquíes no les reciben agitando la bandera de las barras y estrellas, ni con el retrato de George W. Bush. Ahora ya saben que combaten para vencer en una invasión y que se enfrentan a todo un pueblo que pelea por su tierra, por su identidad nacional y por su independencia, aunque no tengan simpatía por Sadam. Visto lo visto, las tropas acuden rápidamente hacia Bagdad con la esperanza de que el desmoronamiento de la capital signifique el desistimiento en las ciudades que permanecen en manos de los iraquíes y que no sea preciso conquistar ciudad por ciudad en una batalla especialmente sangrienta. Pero además, la urgencia en acercar el final de la batalla, tiene que ver con el frente que se les ha abierto a los tres de las Azores en sus respectivas sociedades. Cada día que pasa la oposición a la guerra es más intensa. La utilización de las prohibidas bombas de fragmentación contra la población civil y las espeluznantes imágenes de niños y mujeres destrozados por los bombardeos, resultan insoportables para las opiniones públicas de todo el mundo, y, especialmente, para las de los EE.?UU., Reino Unido y España. Quienes pueden no van a parar esta locura, de modo que, o terminan pronto o más de uno puede dar con sus huesos lejos de su actual despacho.Es verdad que los estadounidenses mantienen su apoyo a Bush, pero no es menos cierto que la polémica nacida entre Donald Rumsfeld y la opinión de algunos de los medios escritos más influyentes en relación con la estrategia seguida y las mentiras utilizadas pueden despertar en los EE.?UU. el recuerdo de Vietnam. Bush tiene prisa.En peor situación está Tony Blair. El malestar e indignación en el grupo laborista permanece, y no es imposible que el premier se vea apeado de su cargo y los diputados laboristas elijan en las próximas semanas un nuevo primer ministro. Además, Blair no está de acuerdo en nada con Bush. El papel de la ONU, el futuro de los prisioneros iraquíes, evitar víctimas civiles y las amenazas a Siria e Irán, separan a los dos líderes. ¿Y Aznar? Su partido empieza a cuartearse y las elecciones del 25 de mayo pueden constituir un naufragio sin precedentes. Incluso la exigencia de su dimisión puede extenderse. Así están las cosas.