ENTRE LA resaca de lecturas sobre asuntos relativos al tráfico e importaciones de hidrocarburos (marea negra: Nunca Máis ) cayó en mis manos un informe (del año 1997 para el Ministerio de Energía de EE. UU.) centrado en valorar aquellos costes de los combustibles importados que no se incluyen en los precios. El informe distingue básicamente tres: los daños al medio ambiente, los derivados de la inestabilidad de precios y suministros (OPEP) y los estratégicos de seguridad militar. Estos gastos no los pagamos al llenar el depósito del coche pero, cada cierto tiempo, se hacen necesarios y debemos abonarlos en facturas extraordinarias.Nótese que si dejamos a un lado las periódicas mareas negras, pasamos a hablar de mareas rojas. La desgracia para los pueblos con este recurso bajo sus pies va a ser la permanente presión de los negociantes (Exxon, Shell, British Petroleum, Total...) y sus agentes externos (gobiernos, ejércitos e incluso cloacas) para controlar y/o aupar tiranos y gobiernos locales. Ayer en Venezuela, hoy en Nigeria, en el 81 en Irán, en el 91 en Kuwait... y estos días en Irak.Se trata de un negocio fabuloso y mundial en el que los precios muy altos son un problema. pero los bajos también. Las guerras y otros cortes de suministros (estos días casi 4 millones menos de barriles diarios) animan la rentabilidad en explotaciones que hoy venden bastante por encima de los 20 dólares mientras que hace tres años sólo podían hacerlo por algo más de 10. Sólo hay, quizás, una laboriosa escapatoria a esta trampa (además del inaplazable No a la guerra ): evitar el despilfarro de lo que se nos presenta y promete como barato , primar los usos colectivos, subvencionar nuestras energías renovables con recargos a las importadas que no lo son. En lo que reste, presionar para que los citados negociantes actúen subordinados a poderes internacionales legítimos y no moviendo los hilos de unos cuantos personajes de opereta.