LA UNIÓN Europea se ha visto metida durante los últimos años en unos bretes de los que no se puede decir que haya salido airosa. Eso no permite, sin embargo, hablar de un escenario de fracasos. El origen de la Unión Europea actual coincide tan apropiadamente con su propósito, contexto y circunstancias, que se hace difícil hablar de cualquier cosa relativa a la UE sin tener muy en cuenta el comienzo de su secuencia en el tiempo, y su desarrollo hasta el momento en que el escenario de los hechos dejó de ser el que era. Llevada al contexto de su origen, la cuestión era evitar del modo más llevadero posible la prolongación de una rivalidad entre Francia y Alemania, pues en semejante enfrentamiento se resumía la historia más dramática del continente europeo a partir de las guerras de religión y del conflicto de los Treinta Años, sin olvidar la no menos sangrienta trepidación ambulante que fue la epopeya napoleónica. El diseño de la nación francesa, realizado por Richelieu, es el antecedente inmediato del diseño de Alemania planteado por Bismark, y el nudo de una beligerancia armada cuyo desenlace se prolonga en los acontecimientos de 1870, 1914-1918 y 1939-1945. Al cabo de dos guerras mundiales cuyos desastres se acumularon hasta la obscenidad, franceses y alemanes -por sí solos y acompañados de otros- decidieron que ya estaba bien y que había llegado la hora de intentar otro tipo de experimento: el de la paz entre Francia y Alemania. He ahí el origen de la Europa que hoy conocemos y de la que, a ese respecto, podemos sentirnos satisfechos y muy razonablemente orgullosos. Pero en política, como en los matrimonios y en la educación de los hijos, las cosas nunca se desenvuelven como debieran, y es lógico porque, de no ser así, no habría que morir para conocer, quizá, el Paraíso. El inconveniente fue que aquel propósito de paz franco-germana y, por extensión, europea, se vio emplazado en la condición de una frontera oriental desde las que las divisiones del Pacto de Varsovia podían barrer el teatro europeo hasta el Canal de la Mancha. Y si no lo hicieron no fue por una buena voluntad o benevolencia del carácter soviético -donde jamás residieron tales rasgos- sino porque en el Canal de la Mancha se acumulaba toda la capacidad de respuesta del Atlántico Norte.La Unión Europea jamás se planteó en su origen una herramienta armada porque ni siquiera tenía armas con que defenderse. Tampoco se planteó una política exterior, cosa imposible entre la amenaza constantemente esgrimida por Moscú y el paraguas de las defensas desplegadas por la OTAN, a las que Estados Unidos añadió las inversiones derivadas del Plan Marshall hasta un total de 120.000 millones de euros. Son dos carencias ahora evidentes, referidas a cosas que no estaban en la vocación más primaria de la UE. Lo que está en esa vocación es la armonía franco-germana. Si nos atenemos a eso, la Unión Europea está saliendo muy bien. Y está muy bien que las fórmulas sirvan para lo que tenían que servir, pero suponer que sirven para algo de distinta composición y envergadura puede producir fiebres de adolescencia y perversos ideales de pureza. Manuel Rivas decía «Galicia despierta» cuando leía sus palabras ante la ingente manifestación que llenaba la Puerta del Sol, en Madrid, para gritar que nunca más se produjera una catástrofe como la del Prestige . Muchos pensamos, escuchando al escritor gallego, que no sólo era Galicia la que despertaba para expresar un sentimiento compartido. No fueron los únicos que se unieron, sino que también vimos en muchas ciudades del mundo, debido a la crisis en Irak, a gente decidida que salía a las calles para manifestar su oposición a la guerra. Algunos analistas y sociólogos habían comentado, antes de producirse esta serie de manifestaciones, que la sociedad parecía estar narcotizada. A pesar de los hechos, nadie oponía resistencia. Podríamos calificarlo de apatía. Pero, afortunadamente, en las últimas semanas estamos asistiendo a una resurrección de movimientos sociales. Unos movimientos que hacen que, cuando un porcentaje importante de personas se opone a una decisión política, los ciudadanos se quejen e intenten cambiar el rumbo de las decisiones. Claro que otra cosa es que los mandatarios se dignen o no a escuchar sus voces. Santiago Villasuso Cabañas. Ortigueira. O conselleiro de Educación dálle a volta á tortilla. Estar en contra da guerra non é unha cuestión política, senón cívica e de educación de seres humanos. En contra da guerra están o 90% dos españois. E o lema nunca máis non pertence a unha organización política, senón a un grupo de duascentas organizacións de moi diversa índole. Educar en contra de contaminación ambiental tamén pertence ó ámbito de formación dos seres humanos. As tendencias pedagóxicas actuais propugnan a interacción entre o colexio e a realidade social, rechazan converter a escola nunha illa impermeable ás circunstancias vitais dos alumnos.¡Señor conselleiro, non faga política cos alumnos! Xoán C. Lorenzo. Ourense.