RECIBO la noticia de la invasión de Irak el jueves 20 de marzo, en Florencia. Hay lugares peores. La ciudad de Maquiavelo, padre de la ciencia política, está engalanada con miles de esas banderas arco iris y la palabra pace (paz) estampada en blanco en su centro, estandarte de todos los que se oponen a esta agresión contra Bagdad. Como el conjunto de la Toscana, Florencia es uno de los más sólidos baluartes de la oposición a Silvio Berlusconi, presidente del Gobierno italiano, alineado, como José María Aznar, en favor de esta trágica conquista de Irak. Al asociarse con el hiperpoderoso Bush, estos dos estadistas y el británico Blair olvidaron una de las principales recomendaciones que precisamente Maquiavelo hace al Príncipe: «En tiempo de guerra, un dirigente no debe nunca aliarse con el más poderoso que él, a menos que la absoluta necesidad le obligue a ello. Si el poderoso gana, pasaréis a depender de él, y los príncipes deben evitar, en la medida de lo posible, hallarse a la merced de los demás».Por el momento, la preocupación principal es la protesta contra la guerra ilegal que acaba de empezar. La consigna la conocemos todos, es la misma para el mundo entero: al primer cañonazo, movilización general y manifestación a las 18.30 en el lugar designado de antemano, por lo general frente al consulado de Estados Unidos.Un mar de banderas arco iris inunda Florencia al caer la tarde, en esta víspera luminosa de primavera. Algunos turistas norteamericanos, que todos vitorean, se unen a la protesta. « War is not the answer! », (¡la guerra no es la respuesta!), gritan. « Not in our name! », (no en nuestro nombre).Después de la manifestación, me invitan a intervenir en un gran mitin en Pontassieve, «el municipio más rojo de toda Toscana», según su alcalde, el joven Mauro Perini. Son las diez de la noche, el cine-teatro de la localidad está abarrotado, centenares de personas han tenido que quedarse fuera a oírlo todo por altavoces. Interviene el presidente de la región, Claudio Martini, un hombre de la nueva generación política, surgido del movimiento antimundialización (se desplazó dos veces a Porto Alegre) y de la protesta contra Berlusconi. Habla con fervor, sinceridad y humanismo.Enciende la sala, que le aplaude en pie. Hay que acordarse de su nombre, Claudio Martini: tiene madera de convertirse en un futuro presidente de Italia.He venido a Florencia para participar al primer Foro alternativo mundial del agua, organizado por mi amigo Riccardo Petrella y en el que participan algunas de las grandes figuras del movimiento contra la globalización liberal, como Vandana Shiva o Danielle Mitterrand.Los oradores recuerdan que el agua, y no sólo el petróleo, es uno de los objetivos de esta guerra. De todo el Oriente Próximo, Irak es el país que más agua posee gracias a sus dos grandes ríos, Tigris y Éufrates. En esta región, el agua dulce escasea más que los hidrocarburos, y la mayor parte de los vecinos de Irak tienen una falta crónica del líquido vital.La población de Arabia Saudí, Kuwait y los emiratos del Golfo Pérsico no mueren de sed gracias a las enormes plantas de desalinización del agua del mar, grandes consumidoras de energía. Aquí un litro de agua potable cuesta más caro que un litro de petróleo.Cuando gane esta guerra, si la gana, Estados Unidos podrá ejercer una gran presión sobre estos países, y también sobre Siria y Jordania, prometiéndoles una parte de la riqueza hídrica de Irak. Washington ha prometido, al parecer, construir una red de acueductos para llevar el agua iraquí a todos los Estados de la región (incluidos Israel y Palestina) que la necesiten. Una promesa de poco coste para engañar a sus aliados.¿No dice acaso Maquiavelo que «La historia de nuestro tiempo nos enseña que sólo han realizado grandes prodigios aquellos príncipes que olvidan sus promesas y saben adormecer el cerebro de las gentes?».