LA ILEGALIZACIÓN de Batasuna, por decisión unánime del Tribunal Supremo, repara tardía y parcialmente a las víctimas del terrorismo nacionalista, achica los espacios de los que han vivido del crimen durante tantos años y da satisfacción a decenas de miles de demócratas, hartos ya de estar hartos ante tan reiterado espectáculo de impunidad. Los órganos de agitación y propaganda del nacionalismo radical, mate o no mate, están en pleno rasgado de vestiduras. Unos, los que no matan, el PNV-EA, por esa querencia irreparable que tienen por el victimismo y con el que pretenden encubrir la alegría íntima que les provoca la certeza de que el cierre de la barraca nacionalista violenta les dará más votos. Otros, los que matan, ex Batasuna, porque perciben que las prerrogativas se acaban y que el aprovechamiento de los intersticios que ofrece del estado de derecho para la destrucción de la democracia, toca a su fin. Incluso dentro del campo democrático hay quien siente un cierto temor de que la medida enfade a la bestia. Lo cierto es que la bestia ha asesinado a novecientas personas sin estar ilegalizada, lo innegable es que el terrorismo asesina en democracia infinitamente más que en dictadura -datos cantan-, y lo irrebatible es que el terrorismo ha asesinado más cuando más impunidad ha tenido, cuando más debilidad ha percibido en el campo democrático.La ilegalización se produce como consecuencia de una ofensiva combinada de Gobierno -ley de partidos-, Congreso -aprobación mayoritaria- y Justicia -sentencia del Supremo-, que ponen a las instancias fundamentales del sistema democrático al servicio de una demanda ciudadana planteada desde hace tiempo: acabar con la impunidad.Lo cierto es que Batasuna era una apariencia de partido. Los partidos son una especie de pacto para evitar el enfrentamiento a garrotazos. Digamos que creamos los partidos para mantener la democracia y para que las diferencias no acaben en guerra civil. Pero resulta que este partido ilegalizado es pura guerra, es pura violencia, encubierta con manto de partido para aprovechar todas las ventajas de la democracia, sin asumir ninguno de sus inconvenientes: autocontrol, renuncia a objetivos máximos, vocación de convivir civilizadamente con los otros, que serían adversarios y no enemigos. Los nacionalistas dicen solemnemente que es el primer partido prohibido desde la transición. Claro, de la misma forma que es el único que apoya la producción de muerte en régimen industrial, el único que nutre miembros a ETA, el único que decide la estrategia con los que asesinan, el único que sirve de reposo a etarras quemados que luego vuelven a delinquir; léase Josu Ternera.A partir de ahora muchos de los que se apuntaban a este partido, para ponerse a salvo de sus atentados, para alardear por estar con los chulos del pueblo y, sobre todo, espoleados por la impunidad, van a tener más de un motivo para pensarse su eventual incorporación a este entramado criminal en el que hasta ahora resultaba gratis acampar. Se acaba un espacio más de impunidad, a este paso, el frotar se va a acabar.