LOS ALUMNOS de primer curso de Ciencia Política me someten desde hace semanas a una suerte de interrogatorio lleno de interés. ¿Es legal que Aznar nos meta en una guerra contra la opinión de la mayoría de los españoles? ¿Respeta la Constitución? ¿Por qué no se convoca un referéndum para que los ciudadanos se pronuncien? ¿Qué podemos hacer los ciudadanos? ¿Y esto es la democracia? Me esfuerzo en explicarles que el presidente del Gobierno dispone de la legitimidad suficiente para adoptar las decisiones que considere oportunas en relación con Irak, que tales decisiones se ajustan a la legalidad constitucional y que dispone de la mayoría necesaria en el Congreso de los Diputados para actuar. Aunque no es menos cierto que se pueden producir fracturas entre el Ejecutivo y sus votantes ante una decisión concreta.La democracia representativa implica el reconocimiento del Parlamento en pleno como depositario e intérprete de la soberanía que reside en la nación, que es la que elige a los miembros de la Cámara en el proceso electoral. Y el Gobierno nace del Parlamento y permanece bajo su control. Los ciudadanos descontentos con las decisiones gubernamentales podemos retirarle la confianza en las siguientes elecciones. Todo eso está muy bien -me dicen-, pero tal evidencia no resuelve las dudas ni supera los desacuerdos porque convierte a los ciudadanos en simples espectadores mientras esperan la convocatoria de las urnas. El referéndum y las fórmulas de democracia semidirecta tampoco han resultado eficaces y permiten manipulaciones clamorosas.Y es que la polémica entre la democracia directa y la democracia representativa ni es reciente ni resulta sencilla. Rousseau y Max Weber sometieron al sistema representativo a la acidez de sus críticas, El autor del Contrato Social clamaba: «¿Es preciso ir a la guerra? Pagan tropas y se quedan en casa. ¿Es preciso ir al Consejo? Nombran diputados y se quedan en casa. A fuerza de pereza y de dinero tienen, en fin, soldados para esclavizar a la patria y representantes para venderla». Por su parte, Max Weber, lamentaba que la democracia directa fuera imposible por la complejidad de la sociedad moderna. En su opinión, la democracia representativa se ha convertido en «una democracia de liderazgo plebiscitario»; «liderazgo», porque lo que está en juego es la popularidad de unos líderes, y, «plebiscitaria», porque las elecciones se han transformado en votos de confianza directos a los líderes. Por su parte, los partidos tienden a convertirse en «máquinas» que controlan a sus seguidores y a sus diputados. El debate continúa.