CASI MÁS importante que la producción actual de petróleo de un país son las reservas que éstos tienen, así como el coste de extracción, pues no es lo mismo hacerlo casi artesanalmente en el desierto, o en el golfo de Maracaibo, que efectuarlo en pleno mar del Norte o en Alaska, después de dificultosas perforaciones, y antes de otras no menos costosas prospecciones. El país número uno del mundo en producción y reservas es Arabia Saudí, casi con el 26 por ciento del total. Ante ello, nadie pregunta cuál es su régimen político, ni cómo su monarca invierte lo obtenido por su venta. Viene después el temido Irak de Sadam Huseín, con el 11,2 por ciento. Y sería todavía más si le sumamos el 9,61 por ciento de Kuwait, una especie de estado títere pro-occidental creado por los ingleses a comienzos de los 60 y que dejó a Irak sin la zona más importante de la desembocadura de Chat-el-Arab y casi sin salida al mar. Conviene no olvidarlo. En cuarta posición aparece el Irán heredero de Jomeini, con el 9,16 por ciento, seguido de la Unión de Emiratos Arabes, con el 7,90. Todos ellos son países del golfo Pérsico (llamado golfo Árabe por todos sus vecinos, excepto por la antigua Persia, claro), lo que da idea del enorme poder energético y económico que acumulan. El sexto puesto, con el 6,13 por ciento, es para Venezuela, seguido de la antigua Rusia, con el 5,06 (que puede aumentar si resultan positivas las numerosas prospecciones de la cornisa norte de Siberia y otras zonas de su enorme territorio). El octavo puesto es para la Libia de Gadafi, con el 2,93, el noveno se lo adjudica México (2,72) y el décimo China (2,69). El undécimo es para Nigeria (2,29) y el décimo segundo para Estados Unidos (2,17). Los primeros puestos de reservas de petróleo coinciden con los de los actuales países productores. En el 2001, Arabia Saudí producía diariamente 8,8 millones de barriles diarios, mientras Irak lo hacía con 2,4 millones.