LA ENCUESTA realizada por Sondaxe y que ayer publicó este periódico, en la que se recoge la opinión de los gallegos en torno a la catástrofe del Prestige , tiene una única lectura. Galicia está mal. El diagnóstico es preocupante. Las heridas producidas por el petrolero griego no han cicatrizado, pese a haber transcurrido cien días. Y la gran mayoría de gallegos se muestra disconforme con lo hasta ahora realizado. El sondeo sobre el caso Prestige pone de relieve, una vez más, lo que ya denotaron anteriores estudios demoscópicos realizados en Galicia. Y lo que quedó claro en los primeros días de la catástrofe: que la sociedad, las instituciones y la clase política caminan alejados. Excesivamente separados. Que entienden de forma muy diversa cómo hay que gestionar este país. Y, en definitiva, que el divorcio es cada día más patente. En pocas ocasiones una sociedad se ha manifestado de forma tan contundente sin que haya sido escuchada. En pocas ocasiones el 70% de todo un país ha censurado abiertamente a su responsables políticos por una gestión. En pocas ocasiones, el 71,8% exige responsabilidades de carácter político ante lo acontecido. Aún más, casi la mitad de este país, siempre tan complaciente, exige dimisiones. Y, sin embargo nadie se decide a liderar este nuevo escenario. Para quienes defendían que la sociedad gallega había ya cerrado este capítulo, de forma especial tras la presentación del Plan Galicia, los resultados del estudio demoscópico los habrá sumido en una profunda depresión. Pero superada ésta, deberían de recapacitar. Y aproximarse al sentir social. A esa desazón y a ese inconformismo que las cifras ponen en evidencia. Es la oportunidad de retomar la iniciativa. Y decía Publico Siro que la oportunidad, aunque se presenta tarde, se marcha pronto. Y hay que saber aprovecharla.