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OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA

17 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

EL vicepresidente primero Mariano Rajoy hacía gala de un excelente humor y de una brillante capacidad para la ironía hasta que llegó lo del chapapote. Desde entonces se le ve más serio y menos inclinado a la retranca. Georges Robertson, secretario general de la OTAN, tenía muy acreditada su simpatía y afabilidad, hasta que la pasada semana perdió la paciencia con los representantes de Francia, Alemania y Bélgica, y los acusó de querer destruir esta organización. Las caras de otros políticos menos amables también se han nimbado de sombras en los últimos meses. Es como si el Prestige (en España) y la anunciada guerra de Irak (en el mundo) se hubiesen confabulado para amargarnos el «momento dulce» que vivíamos. Y es que todo ha cambiado de repente. El Prestige parece una maldición bíblica que no acaba. EE.?UU. quiere ir a la guerra, solo o en compañía de otros. Francia y Alemania deciden liderar la Unión Europea y casi se la cargan. La OTAN está poniendo sólidos cimientos a su incierto futuro. Y la ONU sortea el temporal como puede, mientras su Consejo de Seguridad se divide en lo que parece un largo viaje hacia su propia neutralización. ¿Se han puesto todos demasiado serios? Sí. Y creo que con razón.