La soledad del poder

| JOSÉ JAVALOYES |

OPINIÓN

TRIBUNA

16 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

LA CALLE es un clamor, el Congreso es un rechazo del que sólo se abstienen los propios, la opinión pública bate como un temporal contra los rompientes: es clamorosa, en fin, la soledad parlamentaria y mediática de Aznar en su posición sobre Irak. Nadie parece dar más por esta Casa Blanca que el huésped de la Moncloa, más incluso que Bulgaria, a la que antes de la Primera Guerra Mundial, de tanto dar al imperio en el que orbitaba, atendía por el sobrenombre de Peón de los Zares. Era difícil distinguir, durante las intervenciones del día de San Valentín en el Consejo de Seguridad, cuál era más ardorosamente crítica con los incumplimientos iraquíes del alto el fuego en lo referente a las armas de destrucción masiva, si la del británico Jack Straw o la de Ana Palacio. El ejercicio a fondo del principio de disuasión, por la vía de una presión militar plena, sostenido por EE.?UU., el Reino Unido y España, sigue contrapuesto a dos opciones: la de rebajar esa presión militar ampliando «suficientemente» los plazos para los inspectores, en la que se agrupa el consenso alternativo encabezado por Francia, y la opción alemana de descartar en todo caso la opción bélica. La soledad de Aznar pivota sobre la simplificación del problema en la disyuntiva del guerra sí o guerra no, y el agobio se estriba en los costes electorales que pueda tener. En la política, como en el derecho, el fondo de la cuestión se sustancia, entremezclándose, con las cuestiones procedimentales: apoyo logístico de la OTAN a EE.?UU., y cobertura inmediata a Turquía. Sobre ello discurría el viernes la reunión del Consejo Atlántico, y en torno a lo mismo hoy discurrirá la UE. Frente a la complejidad de las cosas, la simplicidad de las pancartas. Me gustaría opinar que nadie quiere la guerra, y más que nadie quien, por imperativos de la responsabilidad de decidir, comparece en solitario.