HACE CINCUENTA AÑOS, con los rescoldos de la II Guerra Mundial todavía calientes, el politólogo J. L. Talmon se refirió por primera vez a la paradoja que da título a este artículo, al demostrar la posibilidad de que un sistema formalmente democrático revista características de totalitarismo. Su tesis, ciertamente sugerente, parte de que muy pocas veces nos enfrentamos a un sistema que, como hicieran Gentile para Mussolini y Göebels para Hitler, reclame para sí la condición de antidemocrático, y que por eso es frecuente que el autoritarismo se refugie detrás de regímenes con apariencia democrática. El origen de la democracia totalitaria, decía Talmon, hay que buscarlo en la convicción de que toda circunstancia política se rige por una sola verdad, o de que para cada problema político sólo existe una solución correcta. Pocos años antes, en 1949, Edgar H. Carr había apuntado hacia la misma explicación, aunque desde una perspectiva inversa, dando a entender que la base del totalitarismo se encuentra en la convicción de que sólo hay un hombre -duce, führer, caudillo o ayatolah- que tiene la capacidad de interpretar la realidad política, o de acceder a la última verdad de cada momento histórico. Pero los dos venían a coincidir en que la definición de un sistema totalitario no depende tanto de su arquitectura jurídica como de la mentalidad que lo sustenta, por lo que, si bien existen formas políticas esencialmente totalitarias, también es posible que un poder autoritario se esconda detrás de un decorado democrático. Si Talmon y Carr volviesen ahora sobre sus pasos no tendrían ninguna duda de que la política internacional desplegada por Occidente, bajo la inspiración de Bush, no es más que un tatalitarismo democrático asentado sobre una sóla forma de ver e interpretar la realidad, sin que la arquitectura jurídica del sistema tenga más aplicación que la de ratificar con entusiasmo las propuestas del líder. Y algo parecido sentirían también si, obviando las réplicas de Blair, Aznar y Berlusconi, viniesen a Galicia para ver cómo nuestro presidente explica su rancia tesis de que la política es para los políticos y la escena para los cómicos, que la gestión de la catástrofe del Prestige no tiene alternativa, o que, mientras todo el pueblo se dedica a tocar el violón para acompañar las monsergas de la oposición y la plataforma Nunca Máis , sólo el Gobierno posee la visión de Estado que inspira su colosal sacrificio. Metido en la vorágine de intereses y demagogias que mueven los hilos del mundo, reconozco que no sé cómo calificar la situación política que padecemos. Pero creo que Talmon y Carr le llemarían democracia totalitaria. Para empezar.