ES VERDAD que las apariencias indican un distanciamiento progresivo entre Estados Unidos y la Unión Europea. Es verdad que las posiciones hostiles a la guerra contra Irak se consolidan en Europa a tal velocidad que muchos analistas creen que es puro y creciente antiamericanismo. Es verdad que la referencia crítica del secretario de Defensa Donald Rumsfeld a la vieja Europa no les ha hecho ni pizca de gracia a alemanes y franceses. Es verdad que la actitud insolidaria de éstos también tiene fuera de sus casillas al presidente Bush. Todo esto es verdad. Sin embargo, si se hace un análisis menos basado en las apariencias, se observa que la situación no resulta tan preocupante ni la división tan profunda. Estadounidenses y europeos están de acuerdo en lo sustancial: en la necesidad de quitarse de en medio a Sadam Huseín por el peligro que representa. La verdadera diferencia es formal: ¿cómo hacerlo? Los Estados Unidos, con la herida del 11-S todavía abierta, sólo ven una salida eficaz y resolutiva: la guerra. El eje franco-alemán propone respetar un derecho internacional cuyo único poder coactivo reside en el Consejo de Seguridad de la ONU. ¿Dónde está la clave de la situación? Sin duda, en un progresivo entendimiento de las distintas posiciones. Europa tiene que comprender las razones del belicismo de la Casa Blanca: es la única forma de contrarrestarlo. Y Estados Unidos tiene que percibir que la actitud europea responde a la lógica del orden internacional en vigor y en el que la UE se encuentra tan cómoda como incapaz de cambiarlo. ¿Qué ocurrirá al final? ¿Con quién se van a aliar Alemania y Francia? Si hay guerra, algo es seguro: ni Francia ni Alemania estarán con Irak. De un modo u otro, estarán con EE.?UU. Ambos países saben que los inspectores de la ONU están en Irak, no por la seducción franco-alemana, sino por la firme determinación guerrera de Bush. En esto no hay engaño.