Chávez en Porto Alegre

IGNACIO RAMONET

OPINIÓN

04 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

ME ENCONTRÉ con Chávez en Quito. Me habían invitado a asistir a la ceremonia de toma de posesión del nuevo presidente de Ecuador, Lucio Gutiérrez. En el Congreso ecuatoriano, ese 15 de enero, estaban presentes Ricardo Lagos, de Chile; Alejandro Toledo, de Perú y Álvaro Uribe, de Colombia. Y se hallaban reunidos, por primera vez, los cuatro grandes representantes de la izquierda latinoamericana: Fidel Castro, Hugo Chávez, Inacio Lula da Silva y Lucio Gutiérrez. Éste, en un contundente discurso, dejó bien clara su intención de combatir la corrupción, «causa del subdesarrollo y de la miseria», de luchar contra la pobreza y de protestar contra la deuda externa: «Lanzamos un grito desesperado al mundo desarrollado, no podemos desarrollar nuestro país pagando por la deuda externa el 40% del presupuesto nacional. La deuda externa está matando los sueños de millones de niños que hoy mismo no han desayunado y no han ido a la escuela». Esa misma tarde, converso con Chávez. Hacía cinco meses que no lo veía. Está cambiado. Me lo imaginaba preocupado y cansado por la larga lucha contra sus furiosos oponentes. Lo encuentro rejuvenecido. Lleno de entusiasmo, de energía y de confianza. Metamorfoseado por el combate. Con la llama de la victoria en los ojos. Como si hubiera atravesado el Rubicón. Me anuncia que está ganando, contra los saboteadores, la decisiva guerra del petróleo . Y me dice que desea ir al Foro Social Mundial de Porto Alegre. Me pide mi opinión. Le recuerdo que el foro tiene por principio no invitar a gobernantes y que el año pasado se opuso a la venida del primer ministro belga, Guy Verhofstadt. Pero, le digo, este año las cosas han cambiado, porque el nuevo presidente de Brasil, Lula, ha anunciado que viene al foro y lo ha justificado afirmando que con él las ideas del foro están ahora en el poder. Eso crea un precedente que autoriza también a Chávez a intervenir, ya que él mismo está enfrentado en Caracas a los partidarios de la globalización liberal que son también los peores enemigos del Foro Social Mundial. Su venida a Porto Alegre está más que justificada y el Comité brasileño de solidaridad con Venezuela lo va a invitar oficialmente. Once días después, el domingo 26 de enero a mediodía, con un grupo de autoridades, acojo al presidente Chávez en el aeropuerto de Porto Alegre. Llega como un torrente, manda parar su coche y, sin ninguna precaución, se precipita a saludar a un grupo de decenas de partidarios que gritan: «!Uh! ¡Ah! Chávez no se va! ¡Uh! ¡Ah! Chávez se quedará!». Por la tarde, en su hotel, recibe a un grupo de personalidades y de intelectuales venidos a expresarle su solidaridad con la revolución bolivariana. Entre ellas se encuentran madame Mitterrand, Adolfo Pérez Esquível, Jean Ziegler, Armand Mattelart, Frei Betto, Gianni Miná, etcétera. Luego, en una sala de la Asamblea Legislativa del estado de Río Grande do Sul, da una larga conferencia de prensa ante más de 400 periodistas internacionales... Entre tanto, en las calles adyacentes, se han agolpado varios miles de simpatizantes venidos de toda América Latina que han desertado de las aulas del foro para aclamar al líder de la revolución bolivariana en su primer gran mitin público fuera de Venezuela. La sala prevista para el gran discurso, aunque tiene un aforo de más de mil asientos, se revela demasiado pequeña. Muchos miles de chavistas se quedan afuera gritando su solidaridad con bombos y megáfonos ensordecedores. Chávez acude al balcón del edificio a saludarlos y aquello se transforma en delirio. Da luego un discurso magistral. Durante unas dos horas, sin consultar una nota, recuerda el contexto en que se produce la revolución bolivariana, las repetidas elecciones siempre victoriosas, el refrendo popular para la adopción (por más del 80% de los votantes) de la nueva Constitución y las políticas de reforma social. Describe la lucha actual entre una oligarquía enriquecida por siglos de corrupción y de saqueo, y un Gobierno que desea transformar la estructura del poder económico para sacar por fin a los pobres de una miseria endémica. Todos los asistentes al Foro Social Mundial han reconocido, en esta descripción, la gran guerra entre los amos del mundo reunidos en Davos contra los pobres de la Tierra representados en Porto Alegre. Y han expresado a Chávez su militante y calurosa solidaridad.