Poder crispado

| PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS |

OPINIÓN

23 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

HAY MOMENTOS en que la gente sencilla, que va y viene a su trabajo, que se afana en las cosas diarias y trata con esfuerzo de sacarlas adelante, se siente incómoda, emplazada a no se sabe bien qué. Se le riñe, se la incomoda, se la hiere con todo tipo de admoniciones y hasta de amenazas más o menos veladas, sin que sea capaz de saber por qué. Incluso propuestas sensatas y razonables se anuncian bajo este manto de crispación («el Gobierno hará, aunque algunos se opongan, esto o aquello»), sin que nadie haya dicho nada en contra. Y sin embargo no hay ninguna actitud que no pueda ser ennoblecida por la naturalidad y la tolerancia. Cuando el ejercicio político se desplaza sistemáticamente a este tipo de actitudes, algo pasa, y no bueno. El poder parece contraído, encrespado, erizado. ¿No le gusta como somos?, ¿qué hemos hecho?, ¿quién ha de adaptarse a quién?, ¿o es sólo la respuesta contráctil de quien tiene ya la sensación de que puede perder el poder?