VIVIR SIN SER VISTO
18 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.CUENTA DAISETZ Teitaro Suzuki, para Jung el más grande estudioso del Zen, que un hombre vio como un niño se ahogaba. Se lanzó al agua y lo salvó. Cuando las gentes que habían contemplado aquel acto de generosidad se acercaron para agradecérselo, él las rechazó y continuó su camino. El Zen llama a esto «una acción sin mérito». Cualquier recompensa dejaría huellas y sombras, una acción buena no deja vestigio de vanidad o altivez. Esta virtud oculta es la que vienen practicando los miles de voluntarios que han acudido a las playas y a los acantilados de la Costa da Morte para recoger el fuel y devolver a las rocas y al océano el antiguo rostro de la creación. No piden nada, no esperan nada. Trabajan en la tierra de nadie, o mejor dicho, en la tierra de todos, en el mar comunal de todos, sin exigir ningún fruto. Este espíritu de confraternización fue el mismo del que, durante toda su vida, hizo gala Manfred Gnädinger, Man , el artista sin mérito. Durante cuarenta años, este hombre libre no sólo construyó en las peñas de Camelle una obra de arte peculiar, sino que él mismo se convirtió en su elemento esencial. Su vida era una permanente action painting y sus construcciones verdaderos landscape . La vida es un arte y, como todo arte imperfecto o consumado, debería ser desinteresada. Man vivía como vuela un pájaro o como nada un pez. Nunca pidió nada, nunca exigió reconocimiento ni retribución: era el artista primitivo. Man vivió la metafísica de la creación. Se desprendió de todo lo superfluo y se dedicó al cultivo del espíritu y su representación. Durante cuatro décadas flotó en la quietud, en la contemplación, en el silencio y en paz con la naturaleza. No era un espíritu puro, pero sí era un espíritu limpio de impurezas. Manumitido de las palabras, de la lógica, de las convenciones artísticas, intelectuales y sociales, este artista sin nombre, sin prestigio, buscó el conocimiento a través del desprendimiento. Man, como un trapero, recogía piedras, conchas marinas, esqueletos de peces, objetos naufragados como él; dibujaba espirales, círculos con restos de las pinturas de los barcos o la brea de calafatear. Estas especies de mandalas representaban el mismo simbolismo del centro que los antiguos lugares sagrados habían perdido. La inscripción de estos círculos sobre el suelo equivalía a un ritual de iniciación, de defensa contra toda fuerza exterior nociva. Un día le invadieron su territorio. Las máquinas, para construir el muelle de abrigo, arrojaron hormigón y cemento. ¿Cómo podía luchar un artista contra estos monstruos? Se colocó pacíficamente delante de ellas, luego tumbó su cuerpo desnudo sobre la masa gris, aún blanda, y garabateó: Man (Hombre). ¿Puede existir alguna performance más inquietante, original y verdadera? Con este gesto Manfred construyó una obra maestra: su autorretrato y el autorretrato de la humanidad. Pocas obras de arte me emocionan tanto. Man estaba ya gritando «¡Alto!», no destruyamos a la naturaleza. La silueta del alemán en el dique de Camelle es como la de uno de los fusilados de Goya o la de El grito de Munch. Una premonición y una advertencia. Man sucumbió a la degradación de su entorno. Su paisaje panteísta se había convertido en el receptáculo de una gran sombra negra y pegajosa. ¿Quizá este hecho lo asoció al advenimiento de su propia muerte? El poeta norteamericano Charles Wright, en su libro Zodíaco negro, escribe: «El paisaje es palanca de trascendencia». Las campanas de la iglesia de Camelle tañeron por Man: el eremita, el yogui,el hombre tántrico necesitado de una experiencia personal para reanimar en su conciencia ciertos símbolos primordiales de unión entre la vida cósmica y la mental. Las campanadas de la iglesia de Camelle tañeron por Man, el artista sin mérito. Tañeron por todos nosotros, hombres indefensos ante la depredación del propio hombre.