EL PRESTIGE ha sido mucho más que el causante principal de la honda crisis en que hoy se debate la Xunta. Ha sido también, en cierto modo, su metáfora: un barco antiguo, vapuleado pese a su inmensa envergadura por un mar embravecido que, antes o después, pasa siempre su factura a los que se empeñan en navegar como si el viento y el oleaje no existieran. Pero existen. Como existen en política los amigos, los enemigos, los cuchillos, las vendettas , los chanchullos e intereses. Y como existe la soberbia que lleva a algunos a pensar que todo puede hacerse si se dispone del poder. Ese ha sido, de hecho, el gran error de Manuel Fraga: el asumir que en democracia sólo hay que ganar las elecciones y que, ganadas, ya sólo queda gobernar en campo abierto, sin más límites que los que uno se autoimpone. Un craso error por el que ayer comenzaba el presidente a pagar un precio altísimo. Porque la dimisión (o el cese) de Cuíña sobrepasa muy de largo el lúgubre episodio de un político que ha de irse tras ser cogido en la única falta que los electores no perdonan: la de utilizar en su propio beneficio el cargo público que los ciudadanos le entregan para servir a los intereses generales. Cuíña podrá ahora defenderse y podrá demostrar que no es culpable de las graves acusaciones vertidas contra él si realmente no lo es. Pero la nave de la Xunta, también antigua, también agrietada, también batida por el mar inclemente de las peleas internas de facción y de partido, está hoy, como no lo ha estado nuca desde que Fraga la gobierna, a punto de zozobrar ante la incapacidad del capitán para hacer algo más que mantenerse al pairo, en la esperanza de que amaine la tormenta. ¿Amainará? Pues no. Muy por el contrario, todo hace pensar que lejos de amainar, la salida de Cuíña hará que arrecie el temporal, mientras el PP insiste en defenderse de los truenos por medio de un recurso suicida e infantil: echar la culpa del temporal a la tormenta. A la oposición, a Nunca Máis, al Parlamento, a los periódicos, incluso -¿por qué no?- a los ciudadanos, que asistimos, atónitos, al tristísimo espectáculo de un Gobierno paralizado por el pánico, que ha decidido que la culpa de todo lo que pasa la tienen los otros, los demás. ¿Nadie tendrá el valor de decirle al presidente de la Xunta que los demás somos casi todos? Sí, señor presidente, casi todos: los que nunca hemos votado al PP y los que lo han votado siempre o algunas veces. Unos y otros convencidos de que Manuel Fraga se encuentra desde hace muchos meses en la misma situación de aquel acusado al que se refería en Testigo de cargo Charles Laughton: la de un hombre que se despeña asido a una navaja barbera.