GALICIA NO ES un país «tercermundista». Depende en qué, pero de todos modos, lo celebramos. El presidente de la Xunta lo ha declarado con rotundidad. Se ha mostrado molesto y rechaza el envío de donativos de juguetes, vino y turrones, que han llegado a cofradías de pescadores y ayuntamientos. Porque, con la mejor de la intenciones, algunos entendieron así la ayuda que los afectados por la catástrofe del Prestige necesitaban. Nada más conocer el comentario de Fraga, el coro de palmeros, incluidos los mediáticos, se han lanzado a una campaña para que esto no vuelva a ocurrir. Llegan con retraso. Este periódico viene incidiendo desde hace semanas en el error que supone que Galicia reciba un trato de beneficencia. De caridad. Pero por qué esto ha ocurrido tiene una sencilla explicación. ¿No fueron ellos los que dijeron que el turrón de los marineros gallegos estaba asegurado? ¿No fueron ellos los que hablaron de agilizar las ayudas para que éstas fuesen unas Navidades como otras cualquiera? ¿No fueron ellos los que se comprometieron a que los niños tuviesen sus juguetes? ¿Y nos hablaron de que todos los afectados tenían que tener cubiertas sus necesidades para las fiestas que acabamos de terminar? ¿No fueron ellos los que dijeron que darían el turrón y que luego llegaría el mazapán de Bruselas? Hagamos memoria. La imagen que exportamos, metidos como estábamos en la vorágine de justificar lo injustificable, fue la de nuestra clase política hablando del turrón, la Navidad y los juguetes. La de Pedro Ruiz limosneando, pidiendo compasión y misericordia, en una gala televisiva a la altura de las antiguas demostraciones sindicales. La de las televisiones oficiales informando de unas Navidades tristes. A la vista de los méritos que hicieron, es un milagro que no nos hayan «enturronado» Galicia.