LOS MÁS de los políticos padecen alergia a dejar el cargo cuando, por fatalidad o error propio, se anticipa la salida. La reincidencia del muy ponderado Mayor Oreja apunta a una enfermedad profesional, contra la que no hay vacuna ni fueluna. La valiente dedicación del ex-ministro de Interior a la cuestión norteña merece todo aplauso. Pero por desgracia anda muy escaso de los talentos políticos necesarios para llevar sus buenas intenciones a mejor fin. La estrategia de encontronazo frontal con el PNV fracasó en las urnas con estrépito y empeoró la situación. Debió largarse entonces: cuando a un líder le sale lo contrario de lo esperado, lo discreto es no exponerse a repetir la suerte a costa ajena. De incompetente lo confirmó el suceso del pleno del Parlamento vasco en que se votaba la ley de presupuestos, la más importante del año político. Se le censura tanto que llegara tarde a votar como que no fuera a defender primero sus objeciones al texto, trabajo por el que cobra algo más del salario mínimo. Al acusar a los nacionalistas de tramposos confiesa desconocer el reglamento, y no salva su culo ni el de sus torpes compañeros de grupo. No basta con reconocer que se cometió un error de especial gravedad y pedir perdón a los votantes de su partido: falta el detalle de dimitir. Porque don Jaime, con su frívola imprevisión, vino a ser el responsable de que el PNV, sin la mayoría parlamentaria requerida, sacara adelante sus presupuestos de rebote. Es decir, que la minoría maneje a su antojo los cuartos de toda la población. Un logro democrático del copón. Momento político esplendoroso: un chiste burdo le cuesta el puesto al simpático, y los que han hecho hartos méritos para perder los suyos amagan con disculpas de boquilla. Mejor sea el año.