CERREMOS el borrón del Año Negro con cuenta nueva y propósito de la enmienda para ver si Galicia y los gallegos nos hacemos respetar más y mejor, empezando por respetarnos más nosotros mismos, que es lo mismo que ser de una vez por todas autocríticos para ir al cambio total de actitudes y de mentalidades porque nos urge un revolcón, pero no de aquellos a lo Lampedusa, sino de aquellos otros para que todo quede como no estaba. El Prestige , ya séptimo tropiezo en mierdas tóxicas, es el enésimo síntoma del gafe crónico de Galicia, marginal o marginada, para llegar tarde y mal a las maduras, pero en hora a las duras del calendario de la modernidad. Culpas propias y ajenas ¡ojo, también propias y gordas! explican todos los retrasos, torpezas y carencias que vivimos en un frente amplio del que hay noticia suficiente con sólo decir autopista de peaje, autovías, cuota láctea, desordenación territorial y feísmos de medio pelo, AVE, política de aeropuertos... Y ya sé que estoy siendo subjetivo, parcial... pero mucho menos que el enguedello endémico de inercias, mentalidades cortas, fulanismos, parroquialismos y caciquismos que nuestra vida social y política ha ordenado y ordeñado de manera ejemplar. La posición marginal en que se nos tiene o nos ponemos resulta ahora escandalosamente esperpéntica al doblarse en ser la gran reserva del que manda y no comparece o llega tarde. Pero lo que se nos haga o deje de hacérsenos desde fuera no disculpa ni un centímetro de la ristra de cosas que nos hacemos o dejamos de hacernos desde dentro. Y esto hay que recordarlo para que no sea cierto el chascarrillo aquel de que, aprovechando que dos millones largos de gallegos estábamos solos, los otros nos rodearon. Los rodeos peores son los permitidos desde dentro y el verdadero cambio para acabar con ellos empieza también desde dentro. Necesitábamos Política con mayúscula que evitase la séptima mierda tóxica en veinte años y parece que no la hubo ni en hacerla ni en exigirla, salvo que esté yo muy amnésico de programas electorales, actividades parlamentarias, protesta o presión social, medidas políticas y legales de prevención, etcétera. Y, producido el desastre, tal vez se echen en falta políticos que sepan marcar medidas y metas aunque no gusten; ahora que hay criterios técnicos que juzgan errado haber despedido al Prestige en lugar del riesgo de intentar retenerlo, etcétera, etcétera, resulta claro lo que estoy intentando decirles: ¿qué autoridad central o autonómica, qué individuo o colectivo de la oposición política o de los intereses afectados hubieran / hubiéramos tenido la energía moral de ordenar y de admitir que, vistos los informes técnicos y tal vez como mal menor, el petrolero fuese retenido, etcétera, etcétera?