LOS CONTENIDOS de la entrevista concedida por Aznar a la TVG solamente pueden comprenderse mediante un proceso desmitologizador que traduzca a la cultura actual las claves de una historia que tiene mucho que ver con el relato bíblico de la Tierra de Promisión, cuando el pueblo de Israel huye de Egipto a través del desierto del Sinaí. El océano Atlántico es el faraón que tenía cautivos a los gallegos, y que nos daba de comer a cambio de un trabajo de esclavos que sólo servía para ensalzar la soberbia belleza de sus promontorios y el sabor exclusivo de sus percebes. Y en ese sentido puede decirse que el episodio del Prestige , de apariencia desastrosa, no es más que el providencial principio de un proceso liberador que, en su primer acto, nos arranca de la esclavitud del mar y nos mete de lleno en el gran desierto del Chapapote. Aznar hace de Dios, como es obvio, y Fraga de Moisés. Y, en una connivencia llena de secretos y caprichos incomprensibles, empiezan a guiarnos hacia una Tierra llena de autovías y trenes-bala, de peregrinos que sueltan la mosca en las tabernas del Franco y de museos regalados que sorprenden al mismísimo Bugallo. Claro que, para que esas promesas se cumplan, han de pasar cuarenta años de penurias, mientras el dios de la Moncloa le dicta a Moisés las tablas de la ley. Primero nos envían el maná, que es una especie de sopa boba que se posa sobre los turistas para que lo arrebañemos con mil argucias. Y, pensando en un futuro a medio plazo, el gran dios del Sinaí acaba de prometernos algo parecido a lo que Yahvé le juró a los israelitas en su travesía, y que no era ni más ni menos que lo que otros pueblos disfrutaban desde siempre, sin necesidad de cruzar el desierto ni regoldar a maná durante cuatro décadas. Pero, al tiempo de hacernos tantas promesas, que, igual que las de la Biblia, se repiten como el TBO -los pactos con Caín y Noé, la promesa de Abrahán, la liberación de Nínive... ¡Yahvé siempre prometía lo mismo!-, también el dios Aznar nos pone sus condiciones: alabar y amar a un solo dios, romper los ídolos hechos a imagen de Castrillo, Lores, Beiras o Touriño, y, una vez llegados a la frontera de la Tierra de Promisión, entrar en ella a sangre y fuego, conquistando con nuestro esfuerzo lo que nos han prometido desde tiempos inmemoriales. ¡Otra vez el AVE, otra vez las autovías, otra vez los peregrinos, otra vez el Galicia más que nunca en forma de mesías redentor! La historia es muy vieja y muy simple, pero los israelíes picaron en ella como pardillos. Y nosotros repetiremos su historia si, en vez de ponernos a trabajar y a gobernarnos, nos levantamos a diario buscando el maná del dios Aznar.