SE LO ESCUCHÉ a un marinero, embadurnado de chapapote hasta las cejas, en una escena televisiva ya familiar: «Isto é coma a guerra». Se refería, claro está, a la lucha sin tregua de cientos de marineros y voluntarios contra las embestidas incesantes del fuel. Y en su comentario estaba considerando, claro, el esfuerzo titánico de miles de personas a lo largo de todas nuestras costas, la incertidumbre de qué pasará mañana, la alerta permanente entre el frío y la niebla, la inseguridad de que tanto esfuerzo sirva para algo y la certeza de que las fuerzas humanas son insuficientes para tal envite. Por un lado, el mar, permanentemente cabreado desde que se tragó el Prestige , jaleado por la lluvia incansable y el viento, también hostil y caprichoso. Por otro, la descoordinación de los responsables, la escasez de medios y la incapacidad de las autoridades políticas para aportar soluciones técnicas. ¡Claro que es una guerra! Le faltó añadir que se trataba de una guerra cuerpo a cuerpo, de las de antes. Y en una contienda tal desigual, sólo les queda la estrategia. Por eso, en los días menos bravos, los barcos más grandes salen a mar abierto en una busca descarada del fuel; los medianos acordonan la entrada de las respectivas rías; los más pequeños, en revuelta actividad, forman una retaguardia casera para contener las malditas bolas de chapapote que han logrado infiltrarse en el terreno custodiado. Lo malo de todo esto, como en las guerras cruentas de armas y pólvora, está en la pérdida de confianza en las fuerzas propias. El peligro está en que cunda el desánimo. Y es que la situación no da mucho más de sí: el Prestige amenaza con seguir asfaltando las costas gallegas sin que nadie encuentre la manera de frenar la agresión, y el ejército marinero cuenta con unos dirigentes que no vienen o no conocen bien el campo de batalla. Alejandro Magno, desde su puesto de mando, vivía todas las batallas al lado de sus soldados. En medio de la refriega, si las cosas iban mal, bajaba a darles ánimos. Así ganó todas las guerras. En esta que se libra contra el fuel en nuestras costas, la gente de la mar no ha tenido suerte ni con el tiempo ni con los dirigentes políticos. Y así, en semejantes condiciones, hay que hacer un doble esfuerzo para salir adelante. A la situación le irían bien aquellos versos de Manuel Antonio: «E fomos ficando sós / o mar, o barco e máis nós». En esta guerra sin cuartel uno echa de menos la ayuda de la técnica, la supuesta heroína de nuestros tiempos. El raño, el canasto y el mono, con el apoyo logístico de unas chalanas, parecen ser las principales armas bélicas. Y ante esto sólo queda lamentar la disparatada escala de valores que el mundo civilizado ha establecido por interés propio. Resulta que un país rico se gasta millones de dólares en intentar ir a Marte y otros tantos en preparar una agresión contra Irak, mientras que no ha mandado a nuestras costas ni una de sus máquinas limpiadoras. La deducción a la que se puede llegar es desoladora: hoy en día, se está más atento a probar ingenios técnicos y armas de destrucción sofisticadas que a proteger la naturaleza y a regenerar el medio ambiente.