EL PRECIPITADO y clandestino paso del ministro de Fomento Álvarez Cascos por Galicia, ha servido para dejar una nueva antología del disparate en torno a la catástrofe del Prestige. Una antología del insulto. Lejos de lamentar su decisión de enviar el petrolero «al quinto pino», el ministro se amparó en que su única responsabilidad es la de no ser profeta. Un mes después de su cacería en Lérida afronta el problema. Y lo hace con su gran mérito. La osadía. La osadía de abroncar a la sociedad gallega y a la oposición por no compartir su decisión de enviar el petrolero de jira por toda la costa gallega. Aceptado que el ministro Cascos es el primer responsable del largo peregrinar del Prestige, y por tanto de la destrucción de nuestras costas, y después de que otros dirigentes hayan asumido los posibles errores, es difícil soportar su agresividad. Y su falta de talante para reconocer que existían otras opciones que, en opinión de técnicos y especialistas, resultarían menos dañinas. Pero se niega a asumirlo. Y ataca. Arremete. No hace falta recordar hasta qué punto Cascos ha ligado su suerte a la de José María Aznar. Es amigo personal. Esa es su virtud. Porque por lo demás resulta ina-ceptable tener que soportar los exabruptos y los desaires permanentes de un responsable político en democracia. Cascos es el Mike Tayson de la política española. Audaz, vulgar y simple. Viajó a Galicia, no sin antes haber resucitado a los GAL y los enterramientos en cal viva, con un solo propósito. El de molestar. Y a fe que lo ha logrado. Cuando la sociedad gallega ofrece al mundo un ejemplo de cordura, llega el ministro, desabrido como siempre, y deja un rosario de reproches e incoherencias. Con su osadía, su pedantería y su insolencia habituales. Que son los únicos elogios que merece. Y ya son demasiados.