AL DÍA
15 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.POCAS VECES se ha echado en falta una televisión pública independiente del poder político como en la crisis del Prestige . En los días que llevamos de tragedia en las costas gallegas, los informativos de TVE y de la TVG han enseñado con descaro la mordaza que las unce al dogal del Gobierno. Ambas han dado la medida de lo que es capaz de hacer una mal llamada televisión pública cuando depende del poder político de turno y tiene que informar sobre un tema que afecta a la línea de flotación del partido que sostiene al Ejecutivo. Paralelamente, la oposición ha reaccionado frente al medio público como reaccionan quienes saben que ese medio es del Gobierno y no de ellos: criticándolo, vilipendiándolo y, en muchos casos, mintiendo sobre lo que han dicho ver y no han visto. Es el efecto perverso de la endémica ausencia de una televisión pública que sea publica; es decir, independiente del Gobierno, que atienda las necesidades del ciudadano, que es quien la paga con sus impuestos; regida por principios programáticos precisos y gobernada por un consejo audiovisual independiente del poder político y en el que estén representados, mayoritariamente, los sectores de la sociedad: instituciones, organizaciones empresariales y sindicales, academias, universidades, consumidores..., con responsables elegidos por este consejo entre sus miembros y mandato superior a una legislatura. Si la televisión pública fuese así, ni a TVE ni a la TVG les hubiesen llovido las acusaciones de censura y desinformación porque habrían hecho información de servicio público. Los profesores y alumnos de la Escuela de Imagen y Sonido de A Coruña tienen razón cuando afirman que el derecho a la información y a la libertad de expresión son principios fundamentales de la Constitución que se están conculcando desde las mal llamadas televisiones públicas. Aquí no hay tales, hay televisiones de partido. El periodismo consiste en contar las cosas que pasan, tal y como se producen, desde la adhesión que todo periodista recto debe sentir hacia la verdad y la libertad de criterio. Lo demás es politiqueo y éste convierte a la información en algo tan viscoso como el chapapote.