Efectos colaterales

| MARÍA XOSÉ PORTEIRO |

OPINIÓN

HABITACIÓN PROPIA

14 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

A LOS POCOS días del atentado contra las Torres Gemelas y a consecuencia de la inmensa tragedia que produjo casi cinco mil muertos, los psicólogos comenzaron a analizar las secuelas psicológicas que padecían las personas involucradas en diferentes niveles de cercanía con aquellos hechos. Meses después, en la guerra de diseño que los Estados Unidos le hicieron a los afganos se aseguró a los países aliados -tal vez para aplacar sus conciencias- que la nueva y sofisticada tecnología bélica evitaría las bajas en el ejército invasor. Pero cuando empezaron a contarse las víctimas y se vió que entre los miles de civiles muertos o desaparecidos también se contabilizaban algunas decenas de norteamericanos, los expertos hablaron de efectos colaterales en un ejercicio de cinismo digno de figurar en la antología del disparate. Traigo a colación estos dos ejemplos para aplicarlos al drama que estamos viviendo los gallegos debido al desastre ecológico, económico, social y personal que nos está suponiendo la oleada de mareas negras sobre nuestras playas, nuestras tierras y nuestras almas. La infantería que lleva quince días saliendo a la mar y a las costas para chuparse toneladas de chapapote con medios protohistóricos, empieza a mostrar signos de agotamiento físico y psicológico. Son las primeras bajas de esta contienda que se desarrolla con las armas de la guerrilla frente a un ciclópeo ejército de fuel. Son los efectos colaterales de esta guerra que llegaremos a contar por centenares y durante muchos años. Otro y no menos importante, es el del rencor y la desconfianza que tendremos en quienes consienten -por acción u omisión- que el presente y el futuro se nos hayan vuelto tan negros como la pez.