LA INDIGNACIÓN, el dolor, la desesperación y la impotencia que sufre la sociedad gallega por la catástrofe del Prestige la ha escenificado un grupo de mejilloneros con un intento de agresión al presidente de la Diputación de A Coruña y al alcalde de Boiro, en el puerto de Aguiño. La rabia contenida de estas gentes, embadurnadas de fuel de la cabeza a los pies, estalló en forma de insultos y golpes, absolutamente rechazables y condenables. El escritor francés Roger Martín du Gard dejó escrito que no se puede admitir la violencia ni siquiera contra la violencia. Ni siquiera puede aceptarse contra la agresión que se manifiesta a través de declaraciones provocadoras, de inhibiciones, de incapacidades y de soberbias. A todo este cúmulo de despropósitos hay que responder con serenidad y cordura. Que la clase política de este país y la sociedad caminan por senderos opuestos es una evidencia. Que se ha producido una ruptura, un hecho. Los gallegos queremos soluciones para que nunca máis se repita la tragedia. Los políticos, ansían tener argumentos con los que desacreditar y descalificar a sus adversarios. Ni las catástrofes los frenan. Pero esa ruptura social, esa evidente división, no puede jamás traducirse en agresiones. Galicia tiene ahora un único enemigo. El fuel que el Prestige lanza contra nuestras costas y que tiñe de negro nuestro futuro. A él hay que combatirlo. Con violencia. Cualquier otro tipo de agresión hay que descartarla. Los mejilloneros, los pescadores, los marineros, los gallegos todos, vamos a tener la oportunidad de responder a la desidia, de forma civilizada, democrática y responsable. Galicia podrá exigir cuentas a quienes no han sabido estar a la altura. Y ese será el momento de dar respuesta a su incapacidad y a su dejación de funciones. Habrá que saber aprovecharla.