¡Dios, qué buen vasallo...!

OPINIÓN

04 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

MÁS ALLÁ de la condenable agresión al presidente de la Diputación de A Coruña, que ni debe repetirse ni puede ser considerada como una representación del Nunca máis, lo que están haciendo los pescadores gallegos tiene resonancias épicas, y, frente a la vergüenza que sentimos por la desnortada actitud de los gobernantes, constituye un ejemplo de coraje y ciudadanía que nos llena de orgullo ante Europa entera. La cuestión es tan sencilla como creer que algo se puede hacer contra la catástrofe, y que, a falta de dirección y medios para trabajar, los propios marineros tienen que asumir el riesgo de fabulosas inversiones, habilitar medios ingeniosos para recoger y almacenar el fuel, apartarse de los cauces de información que los tuvieron engañados, y salir a mar abierto para enfrentarse a la temible marabunta de chapapote. Cada litro recogido -con horquillas o con las manos- es un litro menos que llega a la costa, y cada marea de cien litros que una planeadora lleva a puerto se multiplica por mil cuando enormes convoyes de barcos enfilan las rías desde Sálvora, Ons o las Cíes. Creo, sin embargo, que no lo van a conseguir. Pero no habrá sido culpa suya, sino de quienes fueron incapaces de ver y coordinar la inmensa fuerza civil que estaba dispuesta a luchar sin desmayo contra esta peste negra que destruye sus ilusiones y les hace perder millones de euros. Y eso va a demostrar dos cosas de excepcional importancia: que una alarma a tiempo hubiese ahorrado muchos problemas, y que el Gobierno no fue capaz de distribuir los técnicos, los medios y la información que hubiese bastado para que, con la ayuda internacional que se pidió tarde y bajo sospecha de intrusismo, se hubiese construido una barrera, si no impenetrable, más eficaz que la palabrería. Lo sucedido en Aguiño, Meloxo, Muxía y Combarro es impresionante en términos de solidaridad y rotundamente ejemplar para los políticos y científicos que estudian el alcance de la acción civil en las grandes catástrofes. Lo que pasó después, en todas las rías, es un ejemplo de cómo prenden y se extienden las cosas bien hechas. Y toda la historia de esta guerra desigual constituye una poderosa denuncia contra un Gobierno que, tres semanas después de la tragedia, sigue preso del caos propiciado por decisiones e indecisiones erráticas, que ya desbordan el cauce parlamentario para situarse a las puertas de los juzgados de guardia. Pero algo estamos salvando al comprobar que, pase lo que pase, la gente del mar no se va rendir. Y por eso, viendo los hombres estenuados, arrancándole el petróleo al mar, se me vino al recuerdo la invocación del juglar: ¡Dios, qué buenos vasallos, si tuviesen buen señor!