LA PRENSA gallega y nacional, en general, ha informado de que la manifestación por la catástrofe ecológica del último fin de semana ha sido «la mayor de la historia» de nuestra comunidad. La Voz de Galicia, sin entrar en la demagogia del instante, ha calificado el acontecimiento como «una de las mayores manifestaciones de la historia de Galicia», lo cual parece evidente. Las grandes concentraciones humanas de carácter reivindicativo amenazan con convertirse en la réplica a las bodas del año, de folklóricas, princesas u otra gente del cuché. Por muchos enlaces que coincidan, siempre hay más de uno que tiene la singularidad de ser la boda del año. En el caso de las manifestaciones, cambiamos el año por una generación, y el resultado es semejante. Algunos de los que han llevado ahora al Guinness la protesta por el Prestige , aseguraron en su día que los 300.000 manifestantes de Vigo, reunidos en diciembre de 1977 para reclamar la autonomía, habían formado la manifestación más nutrida de la historia de Galicia. Con la mitad de efectivos humanos es bastante para batir el récord de aquella concentración y se da por hecho que en la Compostela de principios del XXI se han reunido más gallegos que en el Vigo de finales del XX. Entonces y ahora, uno tiene la impresión de que seguimos con el tic franquista de considerar más el número que las razones objetivas de los concentrados, para valorar su actuación. Lo llevamos a todos los terrenos: en mi ciudad viguesa se ha desatado desde hace años una guerra de cifras sobre los participantes en la procesión del Cristo de la Victoria. Y cada año tienen que aparentar -quien sabe si también ser- más los devotos que acompañan al crucificado. Dentro de un cuarto de siglo, quien lo vea, podrá conocer la mayor manifestación de la historia de Galicia, con 75.000 asistentes. ¿Y por qué no dejar a esa generación que disfrute de su cuota de ilusión?