LA MANIFESTACIÓN convocada el domingo pasado por la plataforma Nunca máis en la alameda de Santiago ha sido, pese a la enemiga de una climatología insoportable, un éxito rotundo. Por eso hay que felicitar a sus organizadores sin reservas. Por eso, y por haber tomado una iniciativa que nos ha permitido a los gallegos expresar cogidos de la mano nuestro cabreo y nuestro horror. Es una pena que esos gallegos no hayan podido ser todos los gallegos , es decir, todos los que hubieran considerado oportuno exigir sin concesiones que una catástrofe como la del Prestige no pueda volver a producirse. Sí, es una pena que entre los partidos convocantes no estuviera también el Partido Popular, que representa al 52% de los electores del país y cuyos alcaldes gobiernan la inmensa mayoría de los municipios afectados por la incontenible marea negra que ha convertido gran parte de la costa de Galicia en un inmenso cementerio a cielo abierto. Como desconozco por completo las negociaciones desarrolladas entre los dirigentes populares y el resto de las organizaciones convocantes no puedo decir si ese desencuentro se ha debido a las desmesuradas exigencias de los unos sobre la necesidad de diluir las responsabilidades políticas del caso, o al excesivo empeño de las otras por cargar las tintas más en la irresponsable y chapucera actuación de la Xunta de Galicia que en la necesidad de impedir en el futuro desastres como el que nos ha sumido en esta pesadilla. Es opinable, claro está, cuál hubiera sido la estrategia más sensata para conseguir los objetivos que la marcha perseguía (exigir responsabilidades, medidas paliativas inmediatas y soluciones de futuro): si dejar fuera al PP, para resaltar mejor de esa manera las indiscutibles y gravísimas responsabilidades de la Xunta en el desarrollo del desastre; o facilitar la entrada del propio partido que controla la Xunta de Galicia y el Gobierno nacional, para poner así de manifiesto el aislamiento de una y otro tras los errores cometidos. Pues, ¿qué aislamiento es mayor que aquél en que uno se siente abandonado incluso por sus propios electores? En todo caso, más allá de estrategias e intereses, resulta injusto que la cerrazón de unos (el PP) o de los otros (los demás) no haya favorecido la participación de los miles de personas que, habiendo votado a Manuel Fraga, en uso de un legítimo derecho, no tienen más responsabilidad en lo fatalmente mal que su gobierno ha gestionado una crisis de una gravedad sin precedentes que la que tuvieron, por ejemplo, los votantes del PSOE en el hecho de que Roldán, hoy otra vez en primer plano, se llevase el dinero a manos llenas.