02 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

MANUEL VICENT dijo hace años que los soberanos trabajan mucho porque tienen que cambiarse de ropa varias veces al día. Se ponen un uniforme para las audiencias, traje de etiqueta para los banquetes, se visten de cazador para media tarde y de chaqué o esmoquin para la cena. Según la teoría de Vicent, el Rey Juan Carlos trabajó ayer a destajo. Se ha cambiado varias veces de ropa y en una de ellas se ha vestido para pisar el chapapote que el viento y las olas depositaron en Muxía y Laxe. Se ha vestido para acercarse a los voluntarios y escuchar sus quejas sobre la caótica situación que viven; para soportar los gritos de «mentira y montaje», para leer improvisadas pancartas y para animar a los que sufren más directamente la catástrofe. En su rápida visita, no pudo extraerse el monarca del espectáculo que la clase política de este país está dando desde que el Prestige se fue a pique. Con un rostro marcado por la seriedad y la preocupación, no pudo evitar hacer un llamamiento a la sensatez, ante, hay que decirlo, las escasas personas que lo vitoreaban. Con el mismo rostro de pesadumbre pudo comprobar la brecha que la marea negra ha abierto entre la sociedad gallega y su clase política. El Rey, a quien según Miguel Cortizo se le privó de conocer la realidad de primera mano porque estuvo «prácticamente secuestrado», vio suficiente. Conoció el dolor y la desesperación de las gentes de la Costa da Morte. Escuchó las protestas de los voluntarios. Echó en falta al alcalde de A Coruña. Vio como el vertido sigue impregnando nuestras costas. Y comprobó que nos va a llevar a la ruina. A buen seguro el Rey se habrá marchado preocupado. Por la marea negra . Pero, sobre todo, por el calvario que padecemos los gallegos con quienes nos gobiernan.