TIERRA ADENTRO, mar afuera, el chapapote alquitrana todos nuestros sueños. Por tierra, por mar y por aire, todos somos aves, pájaros petroleados, negra sombra que una vez más oscurece Galicia toda. Por el petróleo se mata y se muere, se diseñan ejes del mal y se declaran guerras mundiales. Y nosotros, los gallegos, navegando eternamente al garete, en círculos en medio del océano sin que los remolcadores de la historia nos ayuden a cambiar el rumbo. Si ayer los galeones que volvían de las indias con su vientre lleno de lingotes de oro naufragaban cuando ya se divisaba la orilla de tierra firme, ahora es el nuevo oro negro que bordea nuestras costas y se enreda en bajíos y rocas cuando el temporal y la galerna nos visitan. Navegan con la bandera de los piratas izada en el trinquete, la misma que tapa a nuestros políticos, silenciados por las obviedades y el perogrullo que anudan su bandera en forma de corbata de Hermés para que ondee en las ruedas de prensa. Galicia es un constante naufragio subrayado con chapapote. Pero todos los gallegos estamos convencidos de que es evitable lo inevitable, que ya empezamos a estar hartos, que es una leyenda interesada aquella que da cuenta de maldiciones que periódicamente nos asolan. No existe maldición atávica alguna, la auténtica maldición es la desidia como constante, el olvido sistemático y la amnesia crónica de las administraciones. Y una vez más, el espectáculo televisivo de la demagogia en imágenes, invocando el ábrete sésamo de todos nuestros males repetido hasta la saciedad desde que el verbo se hizo carne: emigrar. Y el tópico, urbi et orbi , de que el gallego no protesta, se calla y emigra. Y tiene que ocurrir la catástrofe cíclica para desempolvar los viejos arquetipos del gallego de sainete cuando el centralismo nos adjudicó el papel colectivo de ser Xan das Bolas, cuando todos los gallegos aparecíamos disfrazados de serenos o porteros en la vieja película que rodó el franquismo. Me gustaría dar cuenta de un naufragio literario, de un pailebote que varó en una playa de invierno con sus bodegas repletas de violines que viajaban desde Cremona. Por toda la costa, en todas las casas marineras hubo desde entonces uno de aquellos instrumentos que trajo el mar y afinó el viento. Pero hay semanas en que uno no está para lirismos y presta su pluma para la denuncia por muy estéril que pueda resultar y le gustaría convocar toneladas de autoestima, la que necesitamos para salir de todos los baches de este camino de resignación que tanto ha perturbado nuestra historia. Que la cultura del chapapote no ensombrezca el límpido paisaje de una tierra que todavía no sabe cómo y dónde colocar las barreras que eviten, de ahora en adelante, previsibles e incluso anunciadas mareas negras.