AUNQUE ES cierto que Protección Civil nos alerta casi a diario, creo que el enojoso asunto del Prestige precisa de algunas advertencias que nada tienen que ver con las galernas, y por eso he decidido suplantar a los desorientados poderes públicos y encender por mi cuenta algunas alarmas especiales. Para empezar bien, quiero alertarle de que los dineros y manás que promete el Estado para la Costa da Morte, son míos y de usted, y que incluyen también algunos euros procedentes de los impuestos pagados por los afectados. Y por eso sería bueno que se llevasen allí con buenas formas y mejor sensibilidad. También le pongo en alerta ante la posibilidad de que, como sugirió el psiquiatra Rojas Marcos, nos traigan psicólogos que puedan consolarnos en nuestras ancestrales desgracias. Porque los psicólogos son más necesarios en Irak y en los puntos señalados con una cruz por la nueva OTAN de Bush que aquí, y porque tengo miedo de que, siguiendo el 11-S way of life , icen una bandera en Fisterra y nos obliguen a escuchar el himno nacional, mano en pecho, antes de bajar a la playa a recoger chapapote. La tercera alerta está relacionada con nuestra manía de ocultar lo que hacemos y ganamos en tiempos de bonanza, porque ahora es evidente que, igual que pasó con anteriores naufragios y con las cuotas lecheras, van a aparecer más afectados que mareantes, y no habrá turrón para todos. La cuarta alerta es para para que no se fíe de lo que le cuentan el Gobierno y sus televisiones, y que, igual que en los viejos tiempos, acuda a la prensa privada y libre y sintonice con Radio París o la BBC. Porque sólo así podrá enterarse de lo que pasa antes de meter las botas en la marea moura . También le prevengo contra los expertos, ya que es evidente que pueden zigzaguear entre cero y cien como hacemos los de letras, y que nunca faltará un facultativo para darle entidad positiva a cualquier elucubración de un ministro. Y, en sexto lugar, le pongo en alerta contra la inminente aparición del turismo de catástrofe, para que nadie le venda solidaridad emotiva a cambio de gestión efectiva. Finalmente, entre tantos nubarrones, también quiero que vea un rayo de esperanza. Porque todo indica que la playa de Silgar, reconstruída artificialmente el pasado verano, no se verá afectada, ya que es probable que el temporal acabe de arrastrarla antes de que llegue el petróleo. Y ¿qué cabe hacer -preguntará usted- ante tan negro y pagajoso panorama? Pues haga como yo: pase de psicólogos, míre la vida con optimismo y espere a que Neptuno y el tiempo se merienden el petróleo. Verá como todo pasa y nada queda, y como regresa el azul sobre las olas del mar.