HUBIESE podido contarles cómo los poetas de Lavapiés denuncian el horror vacui , dicen que ya no existe el silencio ni el vacío. Hubiese podido contarles que las croquetas en Madrid están muy malas. Que el mundo entero está abarrotado de basura musical y televisiva, de moda y cotilleo. Qué curioso. Parecemos huérfanos sin nada entre las manos. Alfred de Musset contó que, tras la derrota de Napoleón, los franceses jóvenes eran ya más viejos que sus padres, Dios había muerto ya, y las ideologías parecían falsas. Hubiese podido contarles que Praga es un lugar hermoso y mágico, donde los espíritus vagan por la ciudad vieja por las noches. Que Rodolfo II fue un rey excéntrico. Que leo en la Biblioteca Nacional y que me quedo dormida en los rincones y que como ensaimadas en los bares. Pero el mar, esa tragedia negra, lo inunda todo, ese mar herido hace que todo lo demás sea tonto y anecdótico. ¿Qué ocurre que nadie hace nada? ¿Qué ocurre que nos pasan las imágenes en la tele como si fuesen anuncios de comida? El baile nupcial del Prestige con las olas, ese baile de muerte, traerá cola. Paro, tristeza y sobre todo vergüenza. Porque no sabemos proteger aquéllo que es mucho más que nosotros mismos, la herencia de nuestros padres y el futuro de nuestros hijos, nuestro corazón y nuestras manos. Carecemos de buques antipolución y de barreras flotantes propias. No tenemos medios para defendernos de la catástrofe, del horror negro que viene cíclicamente a lastimar nuestros puertos. ¿De quién es la culpa? Nosotros somos el mar. Si nos quitan el mar, nos arrebatan los pulmones, las pupilas líquidas y el corazón que late helado, en Muxía, en Laxe, en Camariñas. Quedan sólo olas negras, pájaros tiznados, moribundos y ese tesoro de muerte paulatina, el casco hendido del Prestige que promete aún innumerables castigos por venir. De verdad, ¿qué hemos hecho para merecer a estos políticos que reaccionan como tortugas, que no saben defendernos del horror? «Hombre libre, siempre amarás la mar», dijo Baudelaire. Pero nosotros somos tan poco libres que el mar nos queda, ya, a desmano.