EL PRECIO de la vivienda ha subido en torno a un 50% en tres años. El número de viviendas construidas en el último año por encima de las necesidades de nuevos hogares es de un 152%. El porcentaje de viviendas protegidas en relación con las libres ha caído 30 puntos. Son datos oficiales de estos días. La última legislación liberalizadora del suelo, la baja de los tipos hipotecarios, los planes generales con ofertas masivas de suelo, la construcción sin precedentes (500.000 viviendas por año), no sólo no han conseguido bajar los precios, sino que éstos han seguido subiendo de forma descontrolada. Las teorías clásicas se desvanecen. Mientras la Unión Europea invierte en educación y cultura, investigación y desarrollo, innovación tecnológica, universidades, empresas punteras y en su capital humano, generando la nueva economía, en España buena parte del ahorro y la inversión se dirigen al mercado inmobiliario y a sus secuelas infraestructurales. Pero, con los datos citados y con una demografía estancada -salvo la aportación de los inmigrantes, que no participan de ese mercado-, resulta que una porción significativa de las viviendas -la más alta con mucho de Europa- quedarán desocupadas y, por lo tanto, con su ciclo económico finiquitado. Se puede concluir que si el mercado de valores va mal, la ciudad no va a ir mejor, porque se construirá sin la debida reflexión y, de seguir así, la burbuja inmobiliaria podría empezar a desinflarse en las periferias urbanas. Esta ciudad hiperconstruida y hecha deprisa puede tener, además, otras consecuencias preocupantes para nuestro futuro inmediato. ¿Con qué presupuestos van a mantener los municipios los espacios públicos de urbanizaciones medio vacías? ¿Cómo garantizar la seguridad de tanta población dispersa? ¿Cómo afrontar el problema territorial ocasionado al impermeabilizar tal cantidad de metros cuadrados de suelo? ¿Quién va a costear las infraestructuras de acceso, saneamiento... para esa metrópoli crecida a campo traviesa, cuando la ciudad de hoy todavía no tiene las suficientes? Lo peor es que la ciudadanía se ha sumado a un furor inmobiliario sin correspondencia con las necesidades reales ni con la disponibilidad económica familiar. Todos enfrascados en un gran juego del Palé o Monopoly de plazas de aparcamiento, pisos o adosados, hoteles, residencias de la tercera edad, fondos inmobiliarios, y los jóvenes comprometidos en operaciones económicas de difícil sostenimiento, a las que se dedica casi el 50% de la renta familiar y los mejores años del capital humano, al no poder acceder al parque de alquiler porque no está promocionado. La baja tasa de natalidad tiene, evidentemente, algo que ver con esto. ¿No seremos capaces de poner entre todos un poco de sentido común en esta situación? De momento, sólo sentido común, que no es de derechas ni de izquierdas. Después no tendremos que lamentar las consecuencias de todo tipo, incluidas las estéticas.