Delirios

ALFONSO DE LA VEGA

OPINIÓN

MARAGALL, el fundamentalista catalán revestido con piel de cordero socialista, ha venido a echarle una mano, al cuello, a su presunto compañero Zapatero, quien no haría mal en pedirle a Dios que le proteja de sus amigos, mientras él se guarda de sus enemigos. Su reciente carta abierta más parece producto de la resaca de un botellón nacionalista, propio de las herikotabernas peneuvistas o batasunas, que del pensamiento político clásico del llamado Partido Socialista Obrero Español. Los espectros de los Iglesias, Besteiro, Prieto, De los Ríos.... no saldrán de su asombro mientras pasean por lo Campos Elíseos, tan lejos espiritualmente de las actuales Ramblas. Ahora resulta que, según las pintorescas teorías de don Pasqual, los españoles, que venimos aguantando con más paciencia que el santo Job las impertinencias y estupideces nacionalistas, somos los que tenemos un nacionalismo fatuo y agresivo. Lo dice él, al que sin duda hay que considerar experto en estas cosas. Así, defender la dignidad de España atacada por personajes como él mismo (o el orwelliano consejero de la Generalidad que ha borrado la bandera española de un folleto oficial editado gracias a nuestros impuestos), compromete nada menos que su futuro «como unión de los pueblos que la forman, que es precisamente lo que la Constitución y los estatutos garantizan». ¿Sabrá don Pasqual que es precisamente lo contrario: que, de acuerdo con la Constitución y la realidad histórica de España, que no es en sus tres delirantes proyectos, sino en el pueblo español en quien reside la soberanía (art. 1) y que «la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles» (art 2). Tras comunicar su deseo de asombrar a Europa, remata la faena indicando paternalistamente a Zapatero que puede «contar con los socialistas catalanes». Y en esta confesión está el drama del actual PSOE: que los socialistas españoles tengan que contar con los catalanes, ¿en el marco, quizás, de la Internacional Socialista?, nos da idea del desguace al que ha sido sometido el centenario partido de los trabajadores españoles y explica su presente impotencia para defender sus legítimos intereses.