EN NUESTRO país viven todavía dos generaciones de españoles para quienes las bombas (las que tiraban los aviones) fueron en su día una terrible y angustiosa realidad. Los demás sólo hemos conocido bombas de dos tipos: las de palenque y las de ETA. Estas últimas han estallado con tal saña que, por desgracia, hemos llegado a acostumbrarnos a oír en los telediarios o leer en los periódicos que un cajero ha saltado por los aires o una sede del PSOE o del PP ha sido consumida por el fuego. Para decir toda la verdad, salvo cuando se producen desgracias personales, las bombas de ETA militar no son ya noticia de portada. Esas desgracias se han producido ayer en los atentados de Vigo y Redondela y por tanto todos nos hemos levantado hoy aún sobrecogidos por la horrososa mala suerte de ese matrimonio que se encontró la muerte en su portal metida en una bolsa de basura, o de ese padre y ese hijo que convalecen todavía de las gravísimas heridas que, acechantes, les estaban esperando a la salida de su casa. Es por tanto, sin ningún género de dudas, la dolorosa realidad de esas víctimas anónimas la que antes que nada provoca nuestra solidaridad y nuestra angustia. Pero la angustia se deriva también de una creciente convicción, que se ha ido instalando poco a poco en muchos ciudadanos: la de que la violencia se expande de forma lenta, aunque constante, y puede acabar llegando a cualquier sitio. Por ejemplo a Vigo o a Redondela, lugares seguros y pacíficos, donde hasta hace nada la violencia quedaba siempre confinada en la crónica diaria de sucesos. La ausencia, cuando escribo, de una explicación oficial sobre el móvil que pudo llevar a sus autores a provocar los atentados que hoy están en boca de todos los gallegos no hace otra cosa que aumentar la sensación de que algo está cambiando de verdad cuando a Vilar de Infesta y O Carballal ha llegado el ruido de explosivos. Porque, sea su causa la que sea (y salvo, obviamente, que estemos de nuevo ante un GRAPO revivido), el hecho de que alguien decida solventar sus peleas personales o de grupo a base de fabricar bombas con pólvora prensada metida en cajas de zapatos supone un salto cualitativo en cualquier estrategia delictiva. Por eso es de esperar que el dramático atentado que ayer costó la vida (la única que tenían) a dos personas y dejó malheridas a otras dos, sirva de llamada de atención a las autoridades estatales y autonómicas sobre la urgentísima necesidad de colocar la lucha contra la delincuencia como prioridad fundamental. Para que podamos seguir pensando, cuando oímos a lo lejos un bombazo, que en algún sitio deben estar celebrando una verbena.