Un pacto por el Noroeste

BIEITO RUBIDO

OPINIÓN

02 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

ESA ESPECIE de resignación, tan gallega, con la que la opinión pública está aceptando que el futuro tren de alta velocidad, allá por el 2010, sea uno de los ferrocarriles más lentos de Europa, me parece sencillamente catastrófica. Galicia se juega tanto que en ocasiones también creo que es obsceno el talento humorístico que algunos destilan a la hora de lamentar que todos los planes, por muy optimistas que sean, nos sigan colocando en el furgón de cola de una infraestructura que se ha demostrado, tanto en Sevilla como en la Europa desarrollada, como un motor económico de primer orden. En ocasiones los periodistas corremos el riesgo de aburrir a nuestros lectores. Escribimos poco acerca de las emociones y demasiado del cemento. Pedimos carreteras, autovías, puertos, trenes, estaciones. Somos monotemáticos. Incluso podemos parecer pretenciosos, siempre que hablamos de lo mal dotada que nuestra tierra está en materia de infraestructuras, como si quisiésemos ocupar el puesto de los políticos: pontificamos y nuestros artículos tienen un tono mesiánico. Es probable que ese mal se encuentre más arraigado en Galicia que en el resto de España. Si nuestra ansia por comer es consecuencia del hambre que tuvieron nuestros antepasados, la pasión por unas modernas comunicaciones es el fruto de más de cien años de frustraciones por no tener un buen tren. Todo eso lo recogió de manera admirable la ponencia sobre infraestructuras del 2010, encargada por Fraga y que dirigió un ingeniero sabio y gallego, llamado Francisco Cal Pardo. En sus conclusiones pide un AVE similar al que une Madrid con Sevilla, ni más ni menos. Sin embargo, curiosamente, desde aquí se aceptó, con esa resignación tan galaica, que nuestro AVE pasara a avecillo , palabro que significa que si usted en el 2010 quiere estar en una cita de trabajo en Madrid a las nueve de la mañana, tendrá que salir de Santiago de Compostela a las cuatro de la madrugada. Me temo que llegará tarde, y además seguirán cancelando vuelos en Lavacolla. Manuel Fraga y Xosé Cuíña parecen dispuestos a replantear la batalla por la alta velocidad. Un replanteamiento que supone no volver a admitir las argumentaciones de la complicada orografía, así como estar muy atentos al hecho de que en el 2006 los fondos de la UE se agotarán para estos menesteres y la retirada del cofinanciador no puede ser disculpa para no seguir adelante con un empeño que puede situar a Galicia en algún lugar del futuro o dejarnos, una vez más, en el pasado. El tren volverá a pasar de largo. La historia nos ha enseñado que hay momentos en la vida de los hombres en que se toman determinadas decisiones que pasados los años fueron trascendentales para todo un pueblo. Aunque suene grandilocuente, estamos en uno de esos momentos. Los políticos tienen en su mano algo relevante y sustancial para generaciones y generaciones de gallegos. Los socialistas lo han visto así y es de alabar el paso al frente dado en esa dirección por José Blanco. Su propuesta de un gran pacto para dotar a Galicia de un AVE como el catalán no debería caer en saco roto. Ha llegado la hora de ese magno consenso. El eje del Mediterráneo, con una Valencia pujante tan querida del PP y la eterna locomotora de Barcelona, junto con la emergente Zaragoza y la Sevilla mimada por el PSOE en años pasados, no deben dejar al margen del mapa de la España de alta velocidad a la esquina formada por Galicia y León. Tienen razón los socialistas y don Manuel debería aceptar el ofrecimiento; como en su día ocurrió con las autovías, comprometamos a la Administración central a revisar al alza los presupuestos del AVE para reducir al máximo los tiempos; y ello será posible con la aplicación de la alta velocidad en unos tramos, con más de 350 kilómetros a la hora, y la velocidad alta en los orográficamente más complejos. Parece necesario forzar la máquina, nunca mejor escrito. Suena a tópico, pero el tópico es siempre el reducto de la verdad: Galicia se juega su futuro. La sociedad civil debe estar muy atenta y la clase política tiene la oportunidad de mostrar su coraje y su grado de compromiso, por encima de banderías partidarias. Lo que ya no es admisible es la contumaz resignación con la que los gallegos hemos aceptado tantas injusticias a lo largo de los años.