LE PIDO prestado a Juan Cruz el título de uno de sus libros para encabezar este artículo impregnado de un nuevo síndrome de Estocolmo que está afectando seriamente a quien esto suscribe. Hace muchos años que el modelo de vida sueco, la sociedad postindustrial y la cultura política de la socialdemocracia despertó mi curiosidad intelectual. He seguido de cerca sus avatares políticos que para mí se vertebran en un antes y un después del asesinato de Olof Palme. Estos días he visitado Estocolmo y una vez más se ratificaron todas mis simpatías por la nación sueca. Suecia tiene aproximadamente la misma extensión que España, pero está poblada por algo menos de nueve millones de habitantes básicamente concentrados al sur del país. Un veinte por ciento son inmigrantes perfectamente integrados y cuentan con un defensor del pueblo contra la discriminación étnica. Hay que señalar que en la patria de Augusto Strindberg y Selma Lagerlof, en la patria de la Garbo y de Bergman, no hay mendicidad, ni siquiera la encubierta con la venta callejera, y que las cotas de seguridad son ciertamente elevadas. La educación obligatoria universal y el ejercicio coherente de un verdadero estado de bienestar son los antídotos contra estos viejos males que sufren la mayoría de las democracias occidentales. Es impresionante el profundo respeto por el medio ambiente, palpable en el intenso amor por la naturaleza, evitando agresiones gratuitas que van desde la no contaminación acústica, el escaso tráfico privado, la ausencia de derroches energéticos, el equilibrio estético y cromático y la plena integración de las ciudades en un entorno sereno y natural para un país que tiene más de cien mil lagos y que destina a bosques un ochenta por ciento de su superficie. La cultura ecológica es una constante en su forma de vida. Estocolmo estaba bellísimo vestido con los colores del otoño, que ponen sienas y ocres al paisaje de las catorce islas que forman la capital de estado. El viajero percibe toda la serenidad que un pueblo viejo y sabio es capaz de transmitirle desde su legendaria hospitalidad. Son amables en extremo y cordiales sin empalago. Quien viaja sabe que visita un país caro, pero donde los salarios están acordes con los precios, recuerda que el mito de una abusiva presión fiscal fue esgrimido como descalificación política. Hoy los impuestos españoles se asemejan mucho a los suecos, que financian racionalmente un sector público y unas prestaciones sociales a todas luces modélicas. Subrayamos un único ejemplo: cuando nace un niño sus padres tienen derecho a un permiso de quince meses con sueldo. Ese tiempo puede repartirse entre el padre y la madre y disfrutarse en cualquier periodo hasta que el niño cumple ocho años. Los padres disfrutarán de una importante asignación económica libre de impuestos hasta que el hijo tenga dieciséis años. Para muestra, un botón. Pues bien, el país de los vikingos, que ha sabido asimilar lo mejor de las tierras que conquistaron y saquearon hace más de diez siglos y las excelencias de una cultura hanseática de comerciantes bálticos, forjaron una civilización que tiene en el eclepticismo uno de sus pilares más poderosos. En el pasado siglo los suecos, pioneros de casi todo, alcanzaron un notable desarrollo industrial en sectores tan heterogéneos como el del automóvil y el diseño, y sentaron las bases para un debate cada día más vigente que afecta a los nuevos modelos del socialismo democrático. No es casual que el lema de la monarquía protocolaria del actual rey sea «por Suecia y con nuestro tiempo». Está claro que sufro del síndrome de Estocolmo.