Sobre la libertad

EL OJO PÚBLICO


CUANDO, algún día, al fin, los pistoleros dejen en el País Vasco las pistolas, podremos colocar a todos los protagonistas de esa inmensa vergüenza colectiva en el sitio que la historia les tiene reservado. Los terroristas serán lo que han sido desde siempre (unos asesinos desalmados) y sus víctimas lo que aún hoy no se les ha reconocido plenamente: los paganos inocentes de un delirio racista, totalitario y criminal, que demasiados han alimentado obsesionados por servir a la causa de una patria donde lo de menos son los derechos de los ciudadanos que la forman.Muchos de esos ciudadanos han tenido, pese a todo, el inmenso coraje de aguantar: sin dar su brazo a torcer, ni exiliarse, ni esconderse en el silencio, ni proclamar, para conservar vida y propiedades, que el problema vasco es «muy complejo». Entre esos admirables ciudadanos han destacado los dirigentes del foro cívico ¡Basta ya! Y entre esos dirigentes ha brillado por su presencia -mientras tantos lo hacían por su ausencia-el gran filósofo Fernando Savater.También él se situará, más seguro antes que después, en el lugar que con su insobornable valor cívico se ha ganado bien a pulso. Savater sufre hoy no sólo las amenazas de los matarifes que lo obligan a vivir las 24 horas del día protegido. Digamos la verdad: Savater ha de soportar también los insultos de quienes, tan comprensivos hacia las raíces del conflicto como intolerantes con la proclamada involución españolista del Partido Popular, le consideran un loco, o un intelectual metido irresponsablemente a hacer política, o, incluso, un fantasmón que disfruta con un protagonismo que no podría obtener de otra manera. A tales límites de abyección han llegado en nuestro país algunos sedicentes progresistas de esos que tiene las espaldas bien cubiertas porque nadie se las amenaza de verdad.En 1859 un gran liberal inglés, Stuart Mill, publicó uno de los alegatos más hermosos que han visto la luz hasta la fecha en defensa de la libertad, imposible según él sin la protección y el cultivo de la individualidad. Individualidad y libertad frente a tribu y terrorismo es lo que ayer exigieron en San Sebastián unos manifestantes que hubieran firmado, seguro, estas sabias palabras de Stuart Mill: «La pretensión de que todos se asemejen a nosotros mismos crece porque se la alimenta. Si la resistencia espera a que la vida esté casi reducida a un tipo uniforme, toda desviación de ese tipo será considerada impía, inmoral, hasta monstruosa y contraria a la naturaleza. La humanidad se hace rápidamente incapaz de concebir la diversidad cuando durante algún tiempo ha perdido la costumbre de verla».

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