El hambre

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

LA FAO ha vuelto a sacarnos los colores. Ha vuelto a recordarnos que las desigualdades son la gran asignatura pendiente de nuestro tiempo. Que el hambre sigue siendo la regla. El informe que ayer mismo hizo público, es para avergonzarnos. La lucha contra el hambre está prácticamente estancada. Y así seguimos soportando que más de 840 millones de personas estén desnutridas y que cada día 25.000 mueran por esta causa. Ryszard Kapuscinski, en el libro Los cínicos no sirven para este oficio , por cierto refiriéndose al oficio de periodista, acierta con la clave de esta situación. Los pobres suelen ser silenciosos, dice. La pobreza no llora. No tiene voz. Quizás debiera añadir que tampoco tiene derecho a voto. Y así soporta su drama con resignación, mientras en el resto del mundo discutimos asuntos de tanto calado como si a la boda de la hija de Aznar debieron asistir 100 o 100.000 invitados. El informe asegura que va a resulta difícil alcanzar el objetivo de reducir a la mitad la cifra de hambrientos en el año 2015. Una sociedad que es capaz de organizar excursiones a la luna, de crear cerebros electrónicos y de matar a un afgano a cientos de kilómetros gracias a un artilugio inteligente, se ve impotente para acabar con uno de los azotes más tremendos. La distribución de la riqueza es hoy una injusticia insultante. Somos conscientes de que la pobreza es causa de la violencia. Sabemos que no habrá paz, ni seguridad, ni estabilidad, mientras no acabemos con el hambre. Y no hacemos nada. Cada año, por estas fechas, leemos el informe de la FAO y nos lamentamos. Nos compadecemos de quienes están condenados a muerte por inanición. Pero nada más. Estados Unidos, un país tan obsesionado por mantener su liderazgo mundial, tiene una oportunidad única. Liderar la lucha contra el hambre. Pero que no lo haga a bombazos.